El microbiólogo y laico católico Jorge Adalberto Núñez, desde Pinar del Río, advierte que la libertad de culto en la isla continúa secuestrada por la Oficina de Asuntos Religiosos del Partido Comunista, limitando el papel de las iglesias en la reconstrucción ética y social de un país sumido en una profunda crisis estructural.
La libertad religiosa en Cuba sigue siendo una asignatura pendiente sometida al escrutinio absoluto del régimen de La Habana. Según explica Núñez, aunque las instituciones eclesiásticas han logrado ganar ciertos espacios en los últimos años, su accionar permanece bajo la tutela y vigilancia constante de la Oficina de Asuntos Religiosos, dependiente del Comité Central del Partido Comunista. Esta estructura de control evidencia cómo la dictadura cubana limita sistemáticamente la capacidad de los cristianos para ejercer su misión en la sociedad, condicionando su labor a los intereses del poder único.
Para el experto, el primer obstáculo a derribar es el marco legal vigente. La Constitución actual, promovida por el ejecutivo cubano, no garantiza de manera eficaz la libertad religiosa. Núñez subraya la urgencia de promulgar un conjunto de leyes que precisen cómo las confesiones pueden operar sin la injerencia de un ente regulador estatal. Mientras persista esta asimetría legal, el aporte de la fe a la cultura cívica, la educación y los valores sociales seguirá truncado por las autoridades de la isla.
Reconciliación nacional frente al desgaste social
El tejido social cubano se encuentra profundamente fracturado tras más de seis décadas de políticas que han alienado la tradición cultural y de pensamiento de la nación. En este escenario de colapso de los servicios públicos y éxodo masivo, la Iglesia se posiciona no como un actor político partidista, sino como un puente vital para el diálogo y la reconciliación nacional. Núñez enfatiza que la institución religiosa, con su profunda vinculación histórica al surgimiento del sentimiento nacional, posee el acervo necesario para sanar a una ciudadanía dañada por el autoritarismo crónico y la polarización.
Uno de los aportes fundamentales que el cristianismo puede ofrecer a la futura transición democrática es el principio de la división de poderes, distinguiendo el poder temporal del espiritual. Esta concepción, opuesta a la teocracia pero también a los totalitarismos de Estado, resulta esencial para desmontar la hegemonía absoluta que caracteriza al actual sistema. De cara al futuro, la consolidación de una verdadera libertad religiosa no solo representará un avance en materia de derechos humanos, sino un paso indispensable para que la sociedad civil cubana recupere su autonomía y encamine al país hacia la democracia.