La aguda escasez de combustible y los constantes apagones en Cuba están paralizando al sector agrícola, empujando a decenas de campesinos a vender sus fincas a precios de remate. Ante la imposibilidad de operar maquinaria, regar cultivos o transportar alimentos, productores de zonas rurales de provincias como Camagüey y el centro de la isla han recurrido a las redes sociales para desprenderse de sus propiedades, evidenciando el fracaso del modelo económico impulsado por el gobierno cubano.
La crisis ha llevado a productores de diversas provincias a tomar medidas desesperadas. Un ganadero de la localidad de Florida, en Camagüey, perteneciente a una tercera generación de campesinos, se vio forzado a vender su finca, incluyendo establos, animales y sembrados, por menos de 25.000 dólares, una cifra muy inferior al valor real del terreno. Con el dinero, adquirió una vivienda urbana en la ciudad de Camagüey, priorizando la tranquilidad de no tener que velar sus cultivos frente a la inseguridad y la falta de recursos en el campo.
Otro caso documentado es el de un agricultor de la zona central de la isla, identificado bajo el seudónimo de Juan. Este productor posee 7,5 hectáreas sembradas en parte con yuca, un tractor y un par de bueyes. Inicialmente, intentó vender la propiedad por 9.500 dólares, pero ante la falta de compradores ha tenido que reducir el precio a 8.000 dólares. «No hay combustible, ni electricidad en Cuba y no tengo dinero», relató el campesino, resumiendo el estrangulamiento productivo que atraviesa el sector.
La ineficiencia del sistema estatal de acopio y distribución agrava aún más la situación. Annabelle Cantarero Sánchez, una chef nicaragüense que junto a su esposo peruano fundó la Finca Tungasuk en 2014, ha visto cómo su proyecto de agricultura sostenible se desmorona. Cantarero relató cómo en las granjas estatales de mango la fruta se pudre por la inexistencia de transporte. En su caso, abandonó la venta a las cooperativas estatales porque los pagos no cubrían ni los salarios de los recolectores, optando por vender directamente a restaurantes.
Un campo asfixiado por el modelo estatal
El desplome de la producción agrícola es un síntoma más de la crisis estructural que sufre la isla. La dictadura cubana ha mantenido un control férreo sobre la tierra, los insumos y la distribución, impidiendo el desarrollo de un mercado libre que garantice la soberanía alimentaria. La falta de combustible no solo inmoviliza los tractores y paraliza los sistemas de riego, sino que también provoca que los alimentos se pudran en los puertos y en los campos, exacerbando la escasez y la inflación que azotan a la población. Las autoridades de la isla han sido incapaces de ofrecer soluciones viables, dejando a los productores a merced de un sistema burocrático ineficiente.
El intento de remate de las tierras agrícolas augura un panorama sombrío para la futura seguridad alimentaria de la nación. La falta de incentivos y el abandono gubernamental empujan a los productores restantes hacia la migración o la reconversión de sus fincas en parcelas de subsistencia. Si la tendencia se consolida, Cuba profundizará su dependencia de importaciones de alimentos y agravará la inseguridad nutricional de una población que ya enfrenta niveles críticos de pobreza.