Domingo, 27 de septiembre de 2026
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El régimen de La Habana dispara el precio del gas doméstico un 64% y hunde a las familias cubanas en una crisis alimentaria profunda

El régimen de La Habana dispara el precio del gas doméstico un 64% y hunde a las familias cubanas en una crisis alimentaria profunda

El gobierno cubano ha decretado un aumento desproporcionado en el precio del gas licuado de petróleo (GLP), elevando el costo del cilindro de 10 kilogramos de 213 a 350 pesos cubanos. Esta subida del 64% agrava la asfixia económica de los hogares en la Isla, donde cocinar se ha convertido en un lujo inalcanzable en medio de la inflación galopante, los apagones sistemáticos y la escasez crónica de alimentos. La medida, que además impulsa la dolarización de accesorios básicos, refleja el colapso total de las políticas económicas de la dictadura.

El reciente ajuste tarifario impuesto por las autoridades cubanas representa un golpe demoledor para la ya maltrecha economía doméstica de la población. La organización independiente Food Monitor Program (FMP) ha alertado de manera contundente sobre esta medida, señalando que el simple acto de cocinar se ha transformado en un factor crítico de la inseguridad alimentaria que azota a la nación. La subida del 64%, que eleva el cilindro de 10 kilogramos de 213 a 350 pesos cubanos, no es un mero ajuste técnico de macroeconomía, sino una decisión política que empuja a millones de personas hacia la indigencia energética y nutricional, agravando una crisis social sin precedentes.

A la escalada de precios en moneda nacional, el régimen de La Habana ha sumado una nueva directiva que profundiza la dolarización forzada de la economía. Las autoridades anunciaron que la venta de ciertos cilindros y accesorios vinculados al servicio de gas comenzará a efectuarse exclusivamente en dólares estadounidenses. Para los observadores económicos y la sociedad civil, esta estrategia crea una barrera insalvable para la inmensa mayoría de los ciudadanos, quienes dependen de salarios y pensiones de miseria pagados en una moneda local cada vez más devaluada. La medida amplía la brecha de desigualdad y consolida un mercado paralelo donde los recursos básicos escapan del alcance del ciudadano común.

Históricamente, el GLP ha sido el principal combustible para la cocción de alimentos en los hogares cubanos, una dependencia fomentada por décadas de urbanización y políticas estatales. Sin embargo, las constantes interrupciones en su distribución por parte de las empresas estatales han obligado a las familias a buscar alternativas desesperadas, como el uso masivo de equipos eléctricos. La ironía trágica de esta situación es que el Sistema Eléctrico Nacional se encuentra en estado de colapso terminal, con apagones que se prolongan por horas e incluso días debido a la falta de mantenimiento, la obsolescencia de las termoeléctricas y la escasez de combustible para generación. Esto hace imposible el uso de estas alternativas eléctricas, dejando a la población sin opciones viables para alimentarse.

La falta de alternativas energéticas golpea con especial dureza a los núcleos urbanos densamente poblados, donde la cocción con leña o carbón resulta inviable, sumamente complicada o directamente peligrosa debido a la infraestructura de los edificios. Según las documentaciones recopiladas por el observatorio independiente, más del 60% de las familias han visto en la obligación de modificar drásticamente sus dietas y rutinas alimentarias, sustituyendo proteínas y vegetales por carbohidratos baratos. En los casos más críticos, los hogares han tenido que eliminar por completo una de las comidas diarias, en un sacrificio directo de la salud y el desarrollo, especialmente en niños y ancianos, para poder subsistir frente a la ineficiencia estatal.

La seguridad alimentaria es un concepto complejo y multifactorial que no se limita a la mera disponibilidad de productos en las estanterías del mercado. Como ha recordado la FMP, este derecho fundamental abarca la capacidad real de conservar, preparar y cocinar los alimentos en condiciones mínimas de higiene y salubridad. En la Cuba actual, la interrupción del servicio de gas, sumada a la falta de agua potable frecuente y los cortes eléctricos prolongados, hace que la cadena alimentaria se rompa irremediablemente en el último eslabón: la mesa del ciudadano. Un producto adquirido a precios exorbitantes se pierde por la incapacidad de refrigerarlo o cocinarlo, tirando por la borda el esfuerzo económico de las familias.

Los datos emanados de la Encuesta Nacional de Seguridad Alimentaria, citados por organizaciones de monitoreo internacional, revelan una realidad estremecedora que el gobierno cubano intenta maquillar: uno de cada tres hogares cubanos ha experimentado hambre recientemente. Esta cifra, propia de escenarios de catástrofe humanitaria en tiempos de paz, es el resultado directo de la conjunción entre la escasez estructural de alimentos básicos, los precios exorbitantes en el mercado informal y la imposibilidad física de cocinar lo poco que se logra conseguir. El hambre en la Isla no es una consecuencia de desastres naturales, sino de la mala gestión y el control absoluto de la dictadura sobre la producción y distribución.

El abismo entre los ingresos de los cubanos y el costo de vida ha alcanzado niveles de insolvencia absoluta, desmantelando la retórica oficial de un Estado protector. Los cálculos más conservadores de FMP estiman que dos adultos residentes en La Habana requieren unos 41.735 pesos cubanos mensuales para mantener una dieta apenas suficiente y carente de lujos. Esta astronómica cifra equivale a casi 20 salarios mínimos vigentes y supera con creces los ingresos de quienes dependen de una pensión estatal, dejando en evidencia el fracaso rotundo del modelo salarial socialista. El cálculo, además, no contempla el gasto en transporte, vestimenta, medicamentos ni el propio combustible para cocinar, lo que agrava el panorama de empobrecimiento generalizado.

El nuevo precio de 350 pesos por el cilindro de gas representa aproximadamente el 17% de un salario mínimo de 2.100 pesos. Aunque algunos analistas superficiales podrían argumentar que es un porcentaje manejable en economías formales, la realidad cubana demuestra lo contrario. Este gasto se inserta en una cadena de necesidades básicas insatisfechas que devora la totalidad de los ingresos familiares antes de fin de mes. Además, cuando el Estado falla en la distribución planificada, los ciudadanos se ven obligados a recurrir al mercado negro, donde un cilindro de gas puede alcanzar precios de 1.500 o 2.000 pesos, equivalente a casi la totalidad de un salario mínimo, forzando a las familias a elegir entre comer o cocinar.

La crisis energética impuesta por la ineficiencia estatal tiene efectos inflacionarios directos y devastadores sobre la canasta alimentaria, creando un círculo vicioso de pobreza. La escasez de combustible no solo impide cocinar en los hogares, sino que paraliza las labores agrícolas al faltar diésel para la maquinaria, colapsa el transporte de mercancías desde las zonas rurales, inutiliza las redes de refrigeración en polos productivos y detiene las industrias procesadoras de alimentos. Es una crisis sistémica donde la falta de energía se traduce en falta de producción, lo que a su vez dispara los precios de los pocos bienes disponibles, exprimiendo hasta la última gota de capacidad adquisitiva a la población.

Contexto: El colapso del modelo centralizado y la dolarización forzada

La crisis del gas licuado y la escalada de precios son síntomas evidentes de la descomposición del modelo económico centralizado que ha imperado en Cuba durante más de seis décadas. La incapacidad del régimen para garantizar la refinación, importación y distribución adecuada de combustibles ha generado una crisis energética crónica que se agrava año tras año. Ante la imposibilidad de subsidiar los servicios con fondos estatales —debido a la falta de productividad, la corrupción institucionalizada y el endeudamiento crónico con proveedores internacionales—, las autoridades han optado por la vía más cruel: trasladar el costo de su propio fracaso directamente a la población, que no tiene participación ni culpa en la ruina del erario público.

La expansión de las ventas en divisas es una táctica recurrente y cínica de la dictadura para captar moneda fuerte frente al ahogo financiero que sufre el país. Sin embargo, esta dolarización parcial de bienes esenciales crea un sistema de apartheid económico, donde solo aquellos con acceso a remesas del extranjero o a empleos en el sector turístico y empresarial extranjero pueden obtener productos básicos, marginando por completo a la inmensa mayoría de los trabajadores del sector estatal, médicos, maestros y jubilados. Esta política demuestra la desconexión total entre las necesidades vitales del pueblo y las prioridades recaudatorias de un Estado que abandona a su ciudadanía a su suerte mientras exige sumisión política.

Cierre: La supervivencia como única economía

El encarecimiento del gas doméstico no es un fenómeno aislado ni un ajuste temporal, sino la materialización de la ruina sistémica que sufre la Isla bajo el control absoluto del Estado. Con apagones diarios que alteran el ritmo de vida, dificultades extremas para acceder al agua potable, una inflación que devora los salarios en cuestión de días y una capacidad adquisitiva en picada libre, el acto de llevar un plato de comida caliente a la mesa se ha convertido en una odisea cotidiana para millones de personas. Para la población cubana, este nuevo aumento tarifario es solo la confirmación de que la economía nacional ha dejado de ser un sistema de producción y distribución para convertirse en una mera lucha diaria por la supervivencia, donde el régimen de La Habana actúa como principal verdugo en lugar de garante del bienestar.

Equipo Editorial Reporte Cuba Ya
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