El ministro de Economía y Planificación de Cuba reconoció ante la Asamblea Nacional que el sector turístico cerrará el año muy por debajo de las proyecciones oficiales, tanto en ingresos como en llegada de visitantes. Sin embargo, las autoridades de la isla mantendrán la construcción y terminación de instalaciones hoteleras como una de sus principales prioridades para 2026, en medio de una profunda crisis estructural.
Durante su comparecencia parlamentaria, el titular de Economía, Joaquín Alonso Vázquez, presentó cifras que confirman el incumplimiento de los planes estatales. Los ingresos turísticos alcanzarán apenas el 75,8% de lo previsto, unos 917,4 millones de dólares, mientras que la llegada de extranjeros se situará en torno a 1,9 millones, equivalente al 73,1% de la meta original de 2,6 millones. Estos balances evidencian que el principal motor de divisas del país no solo no logra despegar, sino que es incapaz de sostener por sí solo la macroeconomía nacional.
A pesar de este panorama negativo, el ejecutivo cubano proyecta un crecimiento económico del 1% para 2026, sustentado en una presunta recuperación del turismo y las exportaciones. El funcionario vinculó este tímido repunte a la implementación de medidas gubernamentales y esquemas de autofinanciamiento. No obstante, la insistencia en culminar nuevas capacidades hoteleras, listadas como \»programas clave\» por el Ministerio de Economía, contrasta con el deterioro profundo de sectores vitales como la salud y la educación, profundamente afectados por la falta de recursos.
Desconexión entre prioridades estatales y urgencias sociales
La apuesta incondicional por el sector turístico ha generado un creciente rechazo social ante la imposibilidad de la población de acceder a servicios básicos. Recientemente, el Ministerio de Turismo (MINTUR) tuvo que salir al paso de las críticas y burlas ciudadanas tras la promoción del hotel Torre K en La Habana, defendiendo la inversión hotelera como una vía legítima para sostener la economía. Esta narrativa oficial choca frontalmente con la escasez estructural, la inflación galopante y el colapso del sistema eléctrico que sufren los cubanos a diario, evidenciando una brecha insalvable entre las prioridades del Estado y las necesidades de la población.
A la incertidumbre económica se suma un severo riesgo energético que amenaza cualquier intento de reactivación. La dependencia de crudo venezolano, transportado mediante embarcaciones de reducido tamaño y una \»flota fantasma\» sujeta a sanciones internacionales, compromete gravemente la estabilidad del suministro. La reciente incautación de buques por parte de Estados Unidos augura más interrupciones y apagones que paralizarán la ya mermada actividad económica.
En este escenario, la apuesta del régimen de La Habana por culminar hoteles se sostiene sobre supuestos extremadamente frágiles, avalados por los propios datos oficiales. Las autoridades asumen que el turismo repuntará milagrosamente para alimentar las arcas en divisas y que existirá la energía suficiente para operar instalaciones de lujo en un país sumido en la oscuridad. Mientras tanto, la ciudadanía enfrenta un futuro inmediato de mayor precariedad, observando cómo los escasos recursos disponibles son desviados hacia un sector en franco declive, en lugar de destinarse a paliar la urgente crisis social y productiva que atraviesa la isla.