La aguda escasez de combustible en Cuba ha obligado a la Empresa Pesquera de Sancti Spíritus a reducir sus operaciones de captura a la mitad, profundizando el desabastecimiento de proteínas en la isla. Las autoridades reconocen que la falta de diésel mantiene inactiva a gran parte de la flota estatal, un golpe más a la inseguridad alimentaria que enfrentan los ciudadanos.
Giovanni Rodríguez Panizzo, director técnico-productivo de la entidad, admitió ante la radio estatal que la compañía opera muy por debajo de su capacidad habitual debido a las restricciones en el suministro energético. Actualmente, la captura ronda las ocho toneladas, una cifra que representa menos de la mitad del rendimiento esperado para esta época del año, que oscila entre 15 y 18 toneladas. Para mitigar el impacto, el régimen de La Habana ha impuesto un sistema de racionamiento de combustible que ha dejado solo nueve de las 14 brigadas pesqueras en activo, distribuidas por rotación entre los ríos, la presa Zaza y la zona de Paso Caballo.
A las deficiencias estructurales se suman las condiciones naturales, que complican aún más las capturas en la presa Zaza, donde el aumento de los niveles del agua obliga a los pescadores a modificar constantemente sus estrategias. Esta crisis productiva contrasta con los llamados del ejecutivo cubano a incrementar la pesca marítima. Recientemente, durante una reunión del Consejo Provincial de Gobierno en Cienfuegos, se informó que el plan para 2026 contempla capturar 640 toneladas en la plataforma marina de la provincia. Sin embargo, las autoridades solo destinaron el 20 % de ese total al consumo popular, sin aclarar el destino del 80 % restante, una decisión que ha generado profundas dudas en una población que enfrenta una severa crisis alimentaria.
El colapso de una tradición insular
La paradoja de un país rodeado de mar sin acceso al pescado es un reflejo directo del colapso sistémico de la economía cubana. Durante décadas, productos como el jurel o el chicharro fueron pilares de la libreta de abastecimiento, pero su oferta desapareció progresivamente hasta ser sustituida en 2017 por pollo importado. Estudios recientes evidencian que el consumo de pescado en la isla es inferior al de naciones con economías similares o más precarias, como Haití, Honduras o Guatemala. Hoy, la red estatal de comercio ha vaciado sus estantes de productos del mar, empujando a la ciudadanía hacia el mercado informal, donde los precios resultan inalcanzables para la mayoría.
La incapacidad del gobierno cubano para sostener sectores estratégicos como la pesca estatal augura un empeoramiento de la inseguridad alimentaria en los próximos meses. Mientras la falta de combustible paraliza las embarcaciones y la burocracia opaca la distribución de los escasos recursos capturados, los cubanos continúan dependiendo de alternativas costosas o del éxodo migratorio para garantizar su subsistencia. La ineficiencia en la gestión y la falta de libertades para el sector privado no estatal perpetúan un modelo que, paradójicamente, ahoga a la isla en medio de la abundancia de su entorno marítimo.