La desaparición del aceite de cocina en los establecimientos estatales y su desmesurada inflación en el mercado informal han convertido la simple acción de freír un alimento en un lujo inalcanzable para la mayoría de los hogares en Cuba. Mientras las autoridades de la isla guardan silencio sobre el desabastecimiento, los ciudadanos se ven obligados a desembolsar hasta 14.200 pesos —el equivalente a un salario mensual elevado en el sector estatal— solo para asegurar grasa básica para subsistir, en medio de una crisis energética y sanitaria que no da tregua.
La búsqueda de aceite vegetal se ha convertido en una odisea diaria para las familias cubanas. Recorrer decenas de establecimientos comerciales en La Habana solo para retornar con las manos vacías es la nueva normalidad. Cuando el producto logra aparecer en el exiguo mercado negro, su precio puede superar los 5.000 pesos por litro, una cifra que supera con creces el salario medio del país. La desesperación ha llevado a la población a buscar alternativas insostenibles, como la compra de carne de cerdo para extraer manteca, pagando precios que colapsan cualquier economía familiar.
El mercado paralelo ha impuesto sus propias reglas frente a la inoperancia del gobierno cubano para garantizar la distribución de alimentos básicos. La adquisición de cinco libras de cerdo, que rinden apenas la mitad de su peso en grasa, cuesta unos 7.000 pesos. A esto se suma la aparición esporádica de manteca empaquetada a 1.700 pesos la libra y litros de aceite ofrecidos a 3.800 pesos bajo la modalidad de \»oferta especial\». El desembolso total para asegurar la cocción de los alimentos durante unos pocos días equivale a más de tres veces el salario mínimo establecido por el ejecutivo cubano, evidenciando una brutal desconexión entre los ingresos y el costo de vida real.
El mercado negro y la opacidad en la distribución
La escasez no se limita a la ausencia del producto, sino que está marcada por la desigualdad en el acceso y la sospecha de desvíos institucionales. A principios de julio, en establecimientos para no residentes como la Plaza Carlos III, el aceite podía encontrarse a 2,40 dólares el litro. Sin embargo, la presencia de revendedores que compran cajas enteras al por mayor, supuestamente destinadas a la venta minorista, revela un nivel de corrupción y pérdida de control que el régimen de La Habana se niega a reconocer. Existen incluso versiones ciudadanas que apuntan al uso del aceite comestible como combustible alternativo para motores diésel, una práctica que, de ser cierta, demostraría el extremo al que ha llegado la crisis energética en la isla.
A esta situación se suma la indignación popular por el destino de las donaciones internacionales. En los últimos meses, varios países han enviado ayudas humanitarias que incluyen aceite comestible, con la intención de aliviar la crisis alimentaria. Sin embargo, la población denuncia que estos productos terminan siendo comercializados en las tiendas recaudadoras de divisas, en lugar de ser distribuidos de forma gratuita o a precios subsidiados en moneda nacional a través del sistema de bodegas. Esta opacidad en la gestión de los recursos confirma la falta de voluntad de las autoridades para proteger a los sectores más vulnerables.
Una regresión histórica en la seguridad alimentaria
El contraste con el pasado es estremecedor y subraya el fracaso del modelo económico impuesto. Testigos de la época recuerdan que, hace décadas, las mesas cubanas contaban con aceite de oliva importado de marcas españolas como Sensat o Carbonell, así como con producciones nacionales de aceite de girasol bajo la marca El Cocinero. La manteca de cerdo, como la popular \»Purita de Chicharrón\» de La Conchita, era accesible en cualquier carnicería. La trayectoria desde aquella diversidad hasta la actual inanición representa el colapso sistemático de la industria alimentaria nacional y de las capacidades importadoras del Estado.
El panorama actual es la suma de todas las carencias: no solo falta qué cocinar, sino cómo hacerlo. La intermitencia del fluido eléctrico, la escasez crítica de gas licuado y la falta de carbón convierten la preparación de cualquier alimento en un desafío logístico. A esto se añade ahora la inexistencia de grasas comestibles. El ciudadano se encuentra atrapado en un callejón sin salida donde el Estado, que monopoliza el comercio exterior y la planificación económica, ha demostrado absoluta incapacidad para garantizar la subsistencia básica.
Contexto: El fracaso sistémico y la crisis estructural
La imposibilidad de acceder a una grasa básica para cocinar no es un fenómeno aislado, sino el síntoma más reciente de una crisis estructural que arrastra a Cuba hacia la pobreza extrema. La inflación galopante, agudizada tras la fallida \»Tarea Ordenamiento\», ha destruido el poder adquisitivo de la moneda nacional. Mientras la burocracia estatal atribuye la crisis al embargo de Estados Unidos, la realidad demuestra que la ineficiencia de la empresa estatal, la falta de incentivos a la producción nacional y la concentración de recursos en el sector turístico y militar han dejado desprovisto al mercado interno.
Este colapso del abastecimiento se entrelaza directamente con el éxodo migratorio sin precedentes que vive la isla. La imposibilidad de cubrir necesidades tan elementales como la alimentación y la energía empuja a miles de cubanos a abandonar el país cada mes. La frustración acumulada por la falta de respuestas oficiales y la represión contra cualquier forma de protesta han dejado a la población en un estado de desesperación latente. La ausencia de canales democráticos para exigir soluciones profundiza la desconexión entre la dirigencia y la realidad social.
El silencio oficial frente a la escasez de aceite es una muestra más del desprecio institucional hacia la ciudadanía. No existen comunicados que expliquen el desabastecimiento ni planes contingentes que ofrezcan un horizonte de solución. La dictadura cubana prefiere ignorar el malestar antes que admitir el fracaso de su gestión, confiando en el agotamiento y el miedo para mantener el control social. Sin embargo, la acumulación de crisis básicas erosiona rápidamente la ya frágil estabilidad social.
El futuro inmediato se vislumbra sombrío para los cubanos de a pie. La combinación de apagones prolongados, inflación incontrolable y la desaparición de alimentos esenciales como el aceite augura un escenario de mayor tensión social. Si el régimen no articula soluciones reales —lo cual parece improbable bajo la actual ortodoxia económica—, la proliferación de protestas espontáneas, como los cacerolazos, será la única respuesta posible de una sociedad que ya no tiene nada que perder. La comunidad internacional y los organismos de derechos humanos deben mantener la vigilancia sobre la isla, ante el riesgo inminente de que la desesperación por la supervivencia derive en nuevos estallidos sociales y en la consiguiente respuesta represiva del Estado.