La aguda escasez de agua en la provincia de Holguín ha obligado a cientos de residentes a depender de un incipiente mercado informal donde vendedores particulares comercializan el recurso vital a precios exorbitantes. Ante la inoperancia del sistema hidráulico, la ciudadanía se ve forzada a adquirir el líquido en galones, tanques y pipas transportados en triciclos y camiones, evidenciando el deterioro acelerado de los servicios básicos en la isla.
En diversos barrios de Holguín, el suministro de agua potable puede tardar semanas en llegar o simplemente no existe. Esta realidad ha dado paso a la aparición de \»mensajeros\» y comerciantes improvisados que trasladan el líquido en carretas, triciclos y depósitos plásticos. El costo de una pipa de agua oscila entre 10.000 y más de 30.000 pesos cubanos, dependiendo de la distancia y el nivel de escasez, una cifra prohibitiva frente a los salarios medios en la isla y que convierte la satisfacción de una necesidad básica en un lujo inalcanzable para miles de familias.
La comercialización de este recurso se realiza sin ningún tipo de control sanitario ni garantía sobre su procedencia, lo que eleva el riesgo para la salud pública en medio de una ya precaria situación epidemiológica. A esta problemática se suma el impacto de los constantes apagones, que paralizan el bombeo y la distribución del agua en una infraestructura de por sí obsoleta y colapsada por la falta de mantenimiento y de combustible.
Una crisis estructural que trasciende a Holguín
El desabastecimiento hídrico no es un fenómeno aislado en el oriente del país. En La Habana, las propias autoridades de la isla reconocieron recientemente que cerca de 200.000 personas enfrentan serios problemas de acceso al agua potable. Esta situación es un síntoma más del colapso sistémico que atraviesa Cuba, donde la incapacidad del régimen de La Habana para gestionar la infraestructura nacional ha dejado a la población a merced de la improvisación. La falta de combustible, las averías constantes y los cortes eléctricos se entrelazan en una crisis de servicios que el gobierno cubano ha sido incapaz de resolver, obligando a los ciudadanos a destinar gran parte de sus magros ingresos a la compra de agua simplemente para cocinar o mantener la higiene básica.
La transformación del agua en un artículo de lujo refleja el grado de descomposición del modelo económico impuesto por el ejecutivo cubano. Mientras las autoridades dilatan las soluciones estructurales y priorizan el control político sobre el bienestar ciudadano, la precariedad extrema empuja a más cubanos a buscar alternativas de subsistencia en la economía informal o a sumarse al imparable éxodo migratorio. La inoperancia para proveer un recurso tan esencial no solo agrava la crisis sanitaria y económica de la nación, sino que profundiza el descontento social frente a un sistema que ha fallado en su función más fundamental.