La veterana actriz y docente cubana Miriam Learra falleció este sábado en La Habana a los 88 años, dejando un vacío importante en las artes escénicas de la isla. Su extensa trayectoria abarcó el teatro, el cine y la televisión, desarrollándose en gran medida bajo el amparo y los límites institucionales del régimen de La Habana.
Reconocida por el dramaturgo Norge Espinosa, Learra se formó gracias a una beca en Praga y se incorporó a Teatro Estudio en 1966, grupo que llegó a dirigir entre 1993 y 1995. Durante su carrera, compartió escena y trabajó bajo la dirección de figuras prominentes del ámbito nacional, destacando en montajes de clásicos como La ronda, Doña Rosita la soltera, Bodas de sangre y Galileo Galilei. Posteriormente, continuó su labor en la Compañía Hubert de Blanck durante la década de los noventa, consolidando su huella en las tablas cubanas.
Una carrera entre las tablas, la pantalla y el control institucional
Aunque su vocación principal fue el teatro, el rostro de Learra se hizo familiar para el público cubano a través de la televisión y el cine estatales. Participó en telenovelas y programas infantiles, así como en producciones cinematográficas del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC), tales como Un día de noviembre (1972), El brigadista (1977) y Mambí (1997). Su proyección también cruzó fronteras, llevando su arte a festivales internacionales en Moscú, Portugal, España, la antigua Yugoslavia y al Teatro Repertorio Español de Nueva York.
El recorrido profesional de Learra estuvo estrechamente ligado a la estructura cultural diseñada por el gobierno cubano para tutelar la creación artística. Entre 1977 y 1980 impartió clases en la Escuela Nacional de Arte (ENA) y, de 1982 a 1984, asumió la presidencia de la Sección de Teatro de la Asociación de Artes Escénicas de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC). Su desempeño dentro de este aparato oficialista le valió distinciones como el Premio a la Mejor actuación femenina en el Festival de Teatro de La Habana y en el Festival de Sitges, España.
La pérdida de Miriam Learra marca el fin de una generación de artistas que desarrollaron su oficio dentro de los márgenes de expresión permitidos por el Estado. Su legado perdurará en la memoria histórica del teatro cubano, en medio de una crisis sistémica que hoy mantiene al sector cultural de la isla sumido en el desabastecimiento, la censura y el éxodo masivo de jóvenes talentos que se ven obligados a emigrar para ejercer su profesión con libertad.