El gobierno chino ha salido en defensa frontal del régimen de La Habana tras la imposición de nuevas sanciones por parte de Estados Unidos contra funcionarios y empresas del aparato militar cubano, instando a Washington a derogar las medidas y reafirmando su cooperación bilateral. La respuesta de Pekín llega cuatro días después de que la Oficina de Control de Activos Extranjeros (OFAC) incluyera a cinco empresas estatales y ocho altos mandos del Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (MINFAR) en su lista de personas y entidades bloqueadas por su rol en la adquisición de armamento procedente de China y Rusia.
El portavoz del Ministerio de Relaciones Exteriores chino, Guo Jiakun, calificó la cooperación entre ambos países como \»transparente y legítima\», exigiendo a la administración estadounidense que levante \»cuanto antes\» sus sanciones y el bloqueo económico sobre la isla. En su declaración, el vocero evitó pronunciarse sobre las específicas acusaciones de espionaje y transferencia militar, limitándose a rechazar lo que consideró injerencia extranjera y garantizando que Pekín continuará brindando respaldo político a las autoridades de la isla frente a la presión internacional.
Las medidas coercitivas, anunciadas por el secretario de Estado, Marco Rubio, se amparan en la Orden Ejecutiva 14404, firmada el 1 de mayo por el presidente Donald Trump. El Departamento de Estado justificó la acción señalando la participación de los sancionados en la cooperación militar exterior del régimen cubano, así como en la compra, adquisición y mantenimiento de armamento y equipos destinados al MINFAR y a otros órganos de seguridad del Estado. Esta maniobra busca asfixiar financieramente el aparato represivo y de defensa de la dictadura cubana, el cual depende en gran medida de la tecnología foránea para su operatividad.
Entre los funcionarios alcanzados por la actualización de la lista de sanciones figuran el ministro de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, Álvaro Victoriano López Miera, y el jefe del Estado Mayor General, Roberto Legrá Sotolongo. Washington modificó sus entradas para incorporar la nueva orden ejecutiva, aunque ambos militares ya enfrentaban restricciones desde 2021 bajo el programa Global Magnitsky por su implicación en graves violaciones a los derechos humanos. Además, las medidas impactaron a José Antonio Remón Rodríguez, jefe de la Dirección de Relaciones Exteriores del MINFAR; Oscar Enrique Biosca Gallego, al mando de su Dirección Económica; y los agregados militares cubanos en Rusia y China, Mónica Milián Gómez y Waldo Pérez Cortés, respectivamente.
El brazo armado y económico de la cúpula militar
El paquete sancionador también golpea directamente al corazón del conglomerado empresarial militar de la isla. Las entidades designadas incluyen a Tecnoimport, Duna S.A., la Unión de Industria Militar (UIM), la Empresa Militar Industrial Yuri Gagarin y Tecnotex. Según los registros del Departamento de Estado, Tecnoimport y Duna S.A. han sido pieza clave en la importación de equipos militares desde China y Rusia, mientras que la UIM habría colaborado estrechamente con empresas rusas para la modernización de sistemas de armas. Por su parte, la Empresa Militar Industrial Yuri Gagarin es señalada como responsable del mantenimiento y reparación de helicópteros y aviones militares de origen ruso.
La inclusión de Tecnotex, una subsidiaria del poderoso conglomerado militar GAESA, resulta particularmente significativa. Esta entidad no solo habría intervenido en la reparación de aeronaves rusas, sino que también mantiene históricos lazos de cooperación con Corea del Norte. La designación bloquea cualquier bien o interés de los sancionados que se encuentre en territorio estadounidense o bajo control de ciudadanos y entidades de ese país. Asimismo, prohíbe transacciones que los involucren y extiende las restricciones a compañías controladas en un 50 % o más por personas bloqueadas, incluyendo la posibilidad de imponer castigos a instituciones financieras extranjeras que faciliten operaciones en su beneficio.
A pesar del endurecimiento, la OFAC aclaró que estas medidas no están diseñadas para interrumpir el envío de alimentos, medicamentos o dispositivos médicos a Cuba por parte de actores no estadounidenses. La política de no aplicación abarca ciertas operaciones humanitarias, aunque la participación de ciudadanos estadounidenses debe seguir rigiéndose por las licencias vigentes. Esta excepción subraya el intento de Washington de aislar a la cúpula castrense sin estrangular aún más el ya precario abastecimiento de la población civil.
Geopolítica, espionaje y supervivencia del régimen
El choque diplomático entre las superpotencias en torno a la isla no es un fenómeno aislado. El pasado mes de julio, el Departamento de Estado publicó el informe \»Cuba: la capital del comunismo del siglo XXI\», donde se alertaba sobre la presencia permanente de instalaciones de recopilación de inteligencia china en territorio cubano. Desde La Habana, Pekín se beneficiaría de la proximidad geográfica a Estados Unidos para operaciones de espionaje. La cancillería china rechazó rotundamente estas acusaciones en su momento, reiterando el argumento de la transparencia en sus relaciones bilaterales con el gobierno cubano.
Para la dictadura cubana, el respaldo de potencias como China y Rusia representa un salvavidas indispensable en medio de la peor crisis estructural de su historia. El colapso del modelo económico soviético primero, y la decadencia del apoyo venezolano después, obligaron al régimen de La Habana a diversificar sus alianzas geopolíticas. En este esquema, la isla ofrece su posición estratégica y su alineación ideológica en foros internacionales a cambio de flujos financieros, condonación de deudas y, crucialmente, suministro y mantenimiento del equipamiento que garantiza la supremacía militar del Estado sobre la sociedad civil.
El contraste entre el poder militar y el colapso civil
La modernización del armamento del MINFAR y los lazos con regímenes como el de Pyongyang o Moscú contrastan de manera dramática con la realidad que enfrentan los ciudadanos de a pie. Mientras las empresas militares sancionadas importan tecnología de punta y repuestos para aeronaves de combate, el sistema de salud pública cubano sufre una escasez crónica de medicamentos básicos y equipos médicos obsoletos. La infraestructura eléctrica colapsa a diario, sumiendo a la población en apagones prolongados, y la inflación galopante ha destruido el poder adquisitivo de los salarios estatales, empujando a cientos de miles a la indigencia o al éxodo migratorio.
El papel de GAESA y sus subsidiarias es un elemento central para entender esta disociación. El sector militar de la isla no solo monopoliza la defensa y la represión, sino que controla la mayor parte de la economía rentable, incluyendo el turismo, el comercio minorista y las importaciones. La concentración de la riqueza en manos de la cúpula castrense perpetúa un sistema donde el bienestar de la población es secundario frente a la pervivencia del aparato de control. Las sanciones de Washington buscan precisamente mermar esta capacidad de enriquecimiento y operatividad de la élite uniformada, responsable directa de la persecución política y la censura en el país.
A la larga, el escudo que ofrece Pekín podría ralentizar el impacto de las medidas estadounidenses, pero no soluciona la insolvencia sistémica de la isla. La dependencia de La Habana de los créditos y suministros chinos la coloca en una posición de vasallaje económico que compromete aún más su soberanía. Mientras tanto, la falta de libertades, la represión selectiva contra activistas y periodistas, y la asfixia económica continúan alimentando la insatisfacción popular. La comunidad internacional observa cómo la dictadura cubana se aferra a sus socios autoritarios para mantener un modelo agotado, dejando a la ciudadanía atrapada en el centro de una disputa geopolítica que prioriza la influencia estratégica sobre los derechos humanos y la democratización.