El exprisionero político y manifestante del 11J Yosvani Hernández Meriño, de 31 años, fue brutalmente asesinado en su domicilio del reparto habanero de Lawton tras recibir múltiples puñaladas y ser degollado. El suceso, que ha conmocionado a la comunidad opositora, ocurrió durante una reunión social en su hogar, donde presuntos invitados perpetraron el homicidio y posterior saqueo.
De acuerdo con testimonios recogidos por el también manifestante Rolando Remedios y publicados en el medio independiente Café Fuerte, Hernández Meriño —conocido entre sus allegados como \»El Moro\»— había organizado una celebración tras ganar un juego de la bolita. La noche terminó en tragedia cuando ocho individuos, entre ellos varias mujeres, presuntamente lo atacaron, le quitaron la vida y posteriormente se dieron a la fuga con dinero y equipos electrodomésticos de la vivienda. Fuentes cercanas al caso indican que tres de los presuntos implicados ya habrían sido detenidas por las autoridades de la isla.
El estigma de la represión del 11J
La víctima, padre de una niña de siete años, arrastraba un historial de persecución estatal al haber participado en las históricas protestas antigubernamentales del 11 de julio de 2021. Detenido al día siguiente de las movilizaciones, Hernández Meriño fue trasladado a la Prisión Jóvenes del Cotorro, donde padeció en carne propia la brutalidad del aparato represivo de la dictadura cubana. Según relató Remedios, quien compartió celda con él, el joven fue brutalmente golpeado como parte del \»recibimiento\» a los manifestantes, un ensañamiento que, según los testimonios, se cebó de manera particular con los detenidos de piel oscura.
El exprisionero político Michel Iroy Rodríguez Ruíz corroboró estos hechos a través de redes sociales, detallando que Hernández Meriño fue atacado a bastonazos por los militares en la compañía 6 del penal del Cotorro. Tras aquel episodio de violencia institucional, el joven fue liberado, pero su vida transcurrió en un entorno marcado por la precariedad y el abandono que sufren quienes se atreven a desafiar al régimen de La Habana.
El asesinato de Yosvani Hernández Meriño evidencia no solo el grado de descomposición social y violencia que azota a la isla, exacerbado por la profunda crisis económica y el desmoronamiento del tejido social, sino también el trágico destino de muchos jóvenes que se enfrentaron a la dictadura y que, tras sobrevivir a la cárcel y la represión, encuentran la muerte en una sociedad fracturada. Este suceso subraya la urgente necesidad de justicia en un país donde la impunidad y la vulnerabilidad de los ciudadanos, especialmente de aquellos con historial disidente, se han convertido en una constante alarmante.