Viernes, 18 de septiembre de 2026
ÚLTIMA HORA
Presos Politicos

José Miguel Martínez, ex preso político del Grupo de los 75: \»En las cárceles cubanas vivíamos en condiciones más cercanas a las de un animal\»

José Miguel Martínez, ex preso político del Grupo de los 75: \»En las cárceles cubanas vivíamos en condiciones más cercanas a las de un animal\»

Casi dos décadas después de su destierro, el opositor José Miguel Martínez Hernández relata el infierno del sistema penitenciario en Cuba. Detenido durante la Primavera Negra de 2003, su testimonio expone la crueldad estructural de la dictadura cubana contra quienes exigen libertades, desde el aislamiento en celdas de castigo hasta la negligencia médica, el hambre y la humillación sistemática.

La trayectoria opositora de José Miguel Martínez Hernández (Quivicán, La Habana, 1963) no nació de la provocación, sino de la solidaridad. Su acercamiento a la disidencia tuvo lugar a través de la Iglesia católica y su trabajo junto a organizaciones como Cáritas, donde asistía a personas mayores en labores básicas como la alimentación y el lavado de ropa. Sin embargo, la hostilidad del régimen de La Habana hacia cualquier iniciativa ciudadana independiente lo empujó a cruzar la línea de la asistencia social para involucrarse de lleno en el activismo político, integrándose al Comité Cubano de Opositores Pacíficos y al Partido Liberal Democrático Cubano.

El compromiso cívico de Martínez lo llevó a convertirse en promotor del Proyecto Varela, una iniciativa liderada por el desaparecido opositor Oswaldo Payá que, amparándose en la propia constitución vigente, exigía la adopción de reformas políticas, libertad de expresión y amnistía. La respuesta del gobierno cubano no se hizo esperar. El 19 de marzo de 2003, en el marco de la represiva ola conocida como la Primavera Negra, Martínez fue detenido. En el operativo, las autoridades de la isla decomisaron más de mil libros de la Biblioteca Independiente Juan Bruno Zayas, un proyecto cultural fundado por él mismo para sortear la censura estatal.

Un juicio sin garantías y el peso de la Ley Mordaza

El procesamiento de Martínez se amparó en la Ley 88 de 1999, denominada oficialmente Ley de Protección de la Independencia Nacional y la Economía de Cuba, pero conocida popularmente como Ley Mordaza por su evidente propósito de silenciar la disidencia. Fue acusado de subvertir el orden interno, colaborar con una potencia extranjera y distribuir propaganda enemiga; cargos fabricados para criminalizar el ejercicio de los derechos humanos fundamentales. Durante su estancia en Villa Marista, el centro de operaciones de la policía política, las irregularidades fueron la norma: se le obligó a aceptar notificaciones sin leerlas, firmadas por testigos improvisados, y su defensa fue prácticamente nula.

El abogado contratado por su familia solo pudo visitarlo durante diez minutos la víspera del juicio, celebrado en San Antonio de los Baños. En ese breve encuentro, el letrado le pidió que no discutiera, admitiendo la naturaleza estrictamente política del proceso. La fiscalía solicitó 18 años de prisión, y el tribunal, actuando bajo directrices del poder, lo condenó a 16 años, unificando la sanción en 13 años de privación de libertad. Tras cumplir siete años y medio en penales de máxima severidad, la mediación de la Iglesia católica facilitó su salida del país, siendo desterrado a España y posteriormente asentado en Estados Unidos.

El infierno de Kilo 8 y las celdas de castigo

Tras la sentencia, las autoridades cubanas lo enviaron a la prisión Kilo 8 en Camagüey, a casi 600 kilómetros de su provincia natal. Esta distancia no fue casualidad, sino una táctica de tortura psicológica diseñada para recargar el peso de la represión sobre su familia, dificultando las visitas y el avituallamiento. A su llegada, los funcionarios penitenciarios obligaron a los barberos a despojarlos de su dignidad, cortándoles el cabello al \»moñito\», desnudándolos y enviándolos directamente a celdas de castigo, donde Martínez permaneció cerca de un año.

Las dimensiones y condiciones de estas celdas de aislamiento revelan el carácter vengativo del sistema. Con un ancho de apenas 1,80 metros y tres metros de profundidad, el espacio estaba aislado tras seis o siete candados, sin estímulos ambientales ni visibilidad al exterior. La alimentación se reducía a la entrega de raciones escasas, y el contacto humano era nulo. Posteriormente fue trasladado a las prisiones de Guanajay y Quivicán, pero las condiciones no mejoraron. En las galeras, decenas de reclusos compartían un único hueco sanitario (\»turco\») y una ducha, en un ambiente propicio para la propagación de enfermedades.

Negligencia médica e indignidad alimentaria

El deterioro de la salud es una consecuencia directa del encierro en las cárceles cubanas. En la prisión de Quivicán, Martínez contrajo la bacteria *Helicobacter pylori*, sufriendo descompensación, pérdida de peso severa y vómitos. El agravamiento de su cuadro clínico fue responsabilidad directa de las autoridades penitenciarias, quienes dilataron deliberadamente su traslado al hospital y el acceso a un tratamiento adecuado. Esta negligencia médica, subordinada a las órdenes políticas, es la misma que costó la vida al opositor Orlando Zapata Tamayo, cuyo caso Martínez cita como ejemplo de cómo el director del penal impone sus criterios por encima del juicio profesional de los médicos.

La precariedad llegaba a extremos degradantes en el ámbito de la alimentación y la higiene. En la prisión de Quivicán, la comida era servida en las mismas cubetas plásticas que los reclusos utilizaban para bañarse. El líquido del picadillo se repartía utilizando una tapa de desodorante clavada en un palo. El acceso al agua potable estaba limitado a ciertas horas del día, pero debido al estado deplorable de las tuberías perforadas, el líquido salía con fetidez y color oscuro, mezclado con los residuos del sótano del penal, exigiendo a los reclusos filtrarla con trapos para poder consumirla.

Frente a este panorama de humillación, Martínez ejerció la resistencia pacífica. Se negó a usar el uniforme de preso común y a aceptar frazadas o colchones del penal, exigiendo el uso de sus pertenencias personales como una forma de no someterse a la denominada \»reeducación\». Esta postura, sin embargo, le acarreó mayores represalias por parte de los carceleros, quienes utilizaban el despojo de las pertenencias como método de quiebre psicológico.

Contexto: El aparato represivo y la crisis estructural

El testimonio de José Miguel Martínez Hernández no es un relato aislado del pasado, sino el espejo de la maquinaria represiva que la dictadura cubana ha perfeccionado a lo largo de las décadas. La Primavera Negra de 2003 fue una demostración de fuerza de Fidel Castro para aniquilar el creciente movimiento cívico, pero las tácticas empleadas entonces —juicios sumarios, confinamiento en celdas tapiadas, alejamiento familiar y negligencia médica— siguen siendo el modus operandi del régimen de La Habana en la actualidad.

En el contexto de la crisis estructural que asola a la isla, marcada por una hiperinflación incontrolable, apagones prolongados, desabastecimiento generalizado y un éxodo migratorio sin precedentes, la respuesta del ejecutivo cubano ha sido el endurecimiento represivo. Las protestas del 11 de julio de 2021 (11J) demostraron que la maquinaria judicial y penitenciaria está lista para procesar y encarcelar a cientos de ciudadanos con las mismas acusaciones prefabricadas que se usaron contra el Grupo de los 75. Hoy, más de un millar de presos políticos y de conciencia languidecen en celdas con condiciones idénticas a las descritas por Martínez, sufriendo el hacinamiento, el hambre y la falta de atención médica.

El sistema carcelario en Cuba funciona no solo como un centro de castigo, sino como una herramienta de terrorismo de Estado. Las condiciones infrahumanas, la comida servida en cubetas de baño y el agua contaminada no son fallas logísticas, sino políticas de exterminio lento diseñadas para disuadir a cualquier ciudadano de alzar la voz contra el poder. La falta de avituallamiento por parte del Estado obliga a las familias a soportar cargas económicas adicionales en un país donde conseguir alimentos básicos es un desafío diario, convirtiendo la visita a un familiar preso en una condena económica para el entorno del disidente.

Desde su exilio, Martínez mantiene viva la denuncia sobre las penurias que sufren los presos políticos en la isla, advirtiendo que la indiferencia internacional solo fortalece la impunidad del gobierno cubano. Su relato subraya una realidad ineludible: no existe separación de poderes en Cuba, y las instituciones judiciales y penitenciarias son simples apéndices del aparato de seguridad del Estado. Mientras la comunidad internacional priorice los lazos diplomáticos sobre la exigencia de derechos humanos, las cárceles cubanas seguirán siendo, como las describió este ex preso del Grupo de los 75, espacios donde los seres humanos son tratados peor que animales, en una violación flagrante y sistemática de la dignidad humana.

Equipo Editorial Reporte Cuba Ya
Escrito por

Equipo Editorial Reporte Cuba Ya

Equipo editorial de Reporte Cuba Ya, medio digital independiente especializado en noticias de Cuba. Cubrimos politica, derechos humanos, economia, feminicidios, presos politicos, oposicion y la crisis humanitaria en la isla. Nuestro compromiso es la veracidad, la independencia editorial y el rigor periodistico.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Mantente Informado

Recibe las noticias más importantes de Cuba directamente en tu correo.