El gobernante cubano Miguel Díaz-Canel protagonizó tensos intercambios con residentes de El Cobre y Santiago de Cuba afectados por el huracán Melissa. En medio de la devastación, el ejecutivo cubano perdió la compostura ante los reclamos de ciudadanos que exigían soluciones habitacionales, dejando al descubierto la incapacidad del régimen de La Habana para asistir a la población en medio de la crisis.
Durante una visita a las zonas más afectadas por el ciclón en el oriente de la isla, Díaz-Canel fue grabado mientras espetaba a una mujer que le reclamaba la falta de una cama: \»¡Y yo tampoco tengo pa’ dártela ahora!\». Este altercado, que circula ampliamente en redes sociales, se suma a otro incidente en Guamuta, donde un poblador denunció el abandono gubernamental y la presencia de viviendas derrumbadas con niños dentro. La reacción inicial del mandatario fue cuestionar la grabación del ciudadano, en un patrón típico de intolerancia de la dictadura cubana ante el escrutinio y las demandas sociales.
Pese a los discursos oficialistas que insisten en la \»resiliencia\» y la \»organización\» como pilares de la respuesta estatal, las autoridades de la isla presentaron cifras preliminares que confirman la magnitud del desastre. El gobierno cubano reconoció más de 76.700 hogares dañados, de los cuales superan los 4.700 quedaron totalmente destruidos y más de 12.000 perdieron sus techos. Además, el sistema eléctrico sufrió un golpe crítico con más de mil postes derribados y 279 transformadores averiados, manteniendo a comunidades enteras a oscuras y aisladas durante días.
Una crisis estructural agravada por el desastre natural
El impacto del huracán Melissa trasciende el fenómeno meteorológico y expone la fragilidad de una infraestructura deteriorada por décadas de abandono. El sector agrícola sufrió la pérdida de cientos de miles de hectáreas de cultivos básicos y plantaciones de café, lo que amenaza con profundizar el desabastecimiento alimentario y la inflación en los próximos meses. La destrucción de viviendas se suma a un déficit habitacional crónico, producto de políticas improductivas y corrupción, que ha dejado a las familias orientales en una vulnerabilidad extrema frente a eventos climáticos.
La realidad en el terreno contrasta drásticamente con la narrativa triunfalista de las altas esferas del poder. Mientras las instituciones estatales brillan por su inoperancia, la ciudadanía se ve obligada a sobrevivir mediante la solidaridad entre vecinos y el apoyo de familiares en el exterior. Este desamparo reafirma el colapso sistémico de la isla y plantea serias dudas sobre la viabilidad de la gestión gubernamental frente a emergencias en un país cuya base material ya se encontraba en ruinas antes del paso del ciclón.