El Sistema Eléctrico Nacional (SEN) atraviesa una de sus peores crisis con un déficit que supera los 1.700 megavatios, provocando cortes simultáneos que afectarán a más de la mitad de la isla. El régimen de La Habana enfrenta su propia incapacidad para garantizar un servicio básico mientras la infraestructura nacional se deteriora a un ritmo acelerado.
Según informaciones oficiales, la brecha entre la capacidad real de generación y la demanda ha alcanzado niveles críticos durante las últimas horas. La producción disponible apenas superaba los 1.300 megavatios (MW), frente a un consumo nacional que rebasa los 2.100 MW. Para el horario nocturno, las proyecciones del gobierno cubano sitúan la demanda por encima de los 3.200 MW, lo que se traducirá en un déficit cercano a los 1.900 MW. Este desbalance obligará a desconectar a alrededor del 60% del territorio nacional de forma simultánea, incluyendo zonas urbanas principales como La Habana.
Un sistema al borde del colapso
Las causas de este apagón generalizado son de carácter estructural y evidencian la ineficiencia en la gestión de las autoridades de la isla. Una parte significativa de la generación térmica permanece inoperativa debido a averías y mantenimientos prolongados que el ejecutivo cubano no ha logrado resolver pese a los años de promesas de inversión. A esto se suma la parálisis de la generación distribuida, afectada por la escasez crónica de combustible y la falta de insumos básicos, lo que ha dejado fuera de servicio a decenas de motores y plantas de apoyo.
Aunque en los últimos meses se ha destacado la incorporación de parques solares al sistema, su contribución resulta insuficiente e incapaz de mitigar la emergencia. La energía solar, concentrada en el horario diurno, no compensa la pérdida de capacidad de las centrales termoeléctricas ni cubre los picos de consumo nocturnos, momento en el que se producen las desconexiones masivas que afectan directamente a la población.
Impacto en la ciudadanía y crisis estructural
Este deterioro del sistema eléctrico no es un evento aislado, sino la manifestación de la profunda crisis estructural que atraviesa la nación bajo el control de la dictadura cubana. La incapacidad para sostener el suministro energético paraliza la ya deprimida actividad económica, compromete la conservación de alimentos ante la imposibilidad de mantener functioning refrigeración y agrava el colapso de los servicios públicos, como el abasto de agua y la asistencia sanitaria. La inestabilidad en los horarios de corte y la prolongación de los mismos reflejan la falta de planificación y el abandono de la infraestructura básica del país.
El resultado es un sistema operando al límite, con consecuencias directas e inmediatas para la vida cotidiana de los cubanos. Mientras la población sufre las altas temperaturas y la escasez generalizada, la falta de respuestas efectivas por parte del poder refuerza el sentimiento de desesperanza y acelera el éxodo migratorio. La ineficiencia energética se consolida así como uno de los principales síntomas del fracaso del modelo impuesto, aislando aún más a la isla en un contexto de creciente exigencia de libertades y cambios democráticos.