El montaje teatral \»Celia\», prohibido inicialmente por el Ministerio de Cultura, logró presentarse en La Habana en el Centro Cultural El Cabildo. La función, que rinde tributo a la Guarachera de Cuba en su centenario, se convirtió en un acto de resistencia cultural contra la censura impuesta por la dictadura cubana contra figuras históricas del exilio.
Dirigida por el dramaturgo Carlos Díaz y a cargo del grupo de teatro El Público, la obra se presentó en la sede de la Ópera de la Calle, en el barrio de Miramar. El cantante Ulises Aquino Guerra, director de esta institución, fue quien confirmó la realización del espectáculo tras el veto inicial. Durante el evento, Aquino criticó abiertamente la prohibición estatal y enfatizó que negar a Celia Cruz equivale a negar la identidad misma de la isla, recordando que la artista llevó la cubanía a todo el mundo con su célebre grito de \»Azúcar\».
La presentación fue originalmente programada para la Fábrica de Arte Cubano (FAC), pero dos días antes del estreno, la Subdirección de Programación del Centro Nacional de Música Popular, adscrita al MINCULT, ordenó su cancelación sin ofrecer explicación alguna. Esta arbitraria decisión de las autoridades de la isla generó un rechazo generalizado entre la comunidad artística e intelectual, tanto dentro como fuera de Cuba. La medida fue señalada como un claro acto de censura, típico de la dictadura cubana, que históricamente ha marginado a la cantante por su condición de exiliada y su rechazo al gobierno.
El control cultural como herramienta de represión
El intento de silenciar el legado de Celia Cruz no es un hecho aislado, sino que se enmarca en el aparato de control ideológico que ejerce el régimen de La Habana sobre la sociedad civil. En un contexto de profunda crisis económica y social, el gobierno cubano ha endurecido su política de censura, vetando no solo a figuras históricas de la diáspora, sino también a artistas contemporáneos que se atreven a cuestionar la narrativa oficial. Como señaló Aquino durante el homenaje, obligar a callar a la ciudadanía en la era digital resulta contraproducente y evidencia el miedo del Estado a la libre expresión y al reconocimiento de los cubanos emigrados como parte integral de la nación.
A pesar de la ausencia de Carlos Díaz, quien fue evocado con sonoros aplausos por el público, el estreno de \»Celia\» —con textos de Norge Espinosa Mendoza y la participación de múltiples actores que encarnaron a la sonera— representa una victoria simbólica para los creadores frente a la maquinaria censora. El incidente, sin embargo, deja en evidencia la frágil situación de las libertades culturales en la isla, donde el reconocimiento de los íconos nacionales sigue condicionado a la voluntad política del poder.