La crisis estructural del sistema educativo cubano, marcado por la injerencia política y el deterioro de la infraestructura, exige una reconstrucción total para evitar el colapso del país como proyecto de nación, según advierte la historiadora del arte y exdocente Anay Remón. La experta señala que las aulas deben desideologizarse para formar ciudadanos capaces de enfrentar el futuro.
Las deficiencias en el sector educativo no son un fenómeno aislado, sino el resultado de décadas de políticas fallidas implementadas por el gobierno cubano. Remón García explica que el sistema actual sufre un colapso dual: la infraestructura física en ruinas y la pérdida total de credibilidad institucional. El éxodo masivo de profesionales y el dogmatismo impuesto en las aulas han convertido a la escuela, otrora un espacio de movilidad social, en un entorno desprovisto de valores y oportunidades reales para las nuevas generaciones.
Para revertir este escenario, la también columnista propone partir de un censo nacional que evalúe las necesidades reales de matrícula, dado el acelerado decrecimiento demográfico que sufre la isla. A esto se suma la urgencia de establecer un nuevo marco constitucional para la educación, alejado del control estatal. Las autoridades de la isla han mantenido un modelo obsoleto que ignora la realidad demográfica y espacial del país, obligando a una reestructuración que defina claramente el tipo de enseñanza que la sociedad demanda.
Desideologización y rescate del magisterio
El núcleo del fracaso educativo radica en la imposición de la agenda política del régimen de La Habana sobre la academia. La dictadura cubana ha instrumentalizado las escuelas para el adoctrinamiento, generando un sistema que masificó el acceso a la universidad sin garantizar la competencia profesional. Remón insiste en la necesidad de recuperar la confianza en la escuela como un espacio de formación integral, donde prime la libertad académica y la orientación vocacional desde edades tempranas, en lugar del condicionamiento ideológico.
La reconstrucción del sistema exige, además de inversiones, un cambio profundo en la mentalidad ciudadana, pasando de la dependencia absoluta del Estado a la responsabilidad contributiva. Un pilar fundamental en este proceso será la preparación de un claustro de maestros capaz de generar respeto y restablecer el vínculo perdido entre la escuela y la familia. Sin docentes altamente capacitados y libres de censura, cualquier intento de reforma estará condenado al fracaso.
De cara a un eventual proceso de transición, la historiadora concluye que el futuro de Cuba depende de cómo se reconfiguren sus aulas. La integración de nuevas tecnologías y la creación de espacios atractivos para la juventud deben acompañar una transformación que, inevitablemente, tendrá que construirse desde los cimientos. Si el país no logra encauzar su sistema educativo hacia la libertad y la excelencia, las consecuencias para la viabilidad futura de la nación serán irreversibles.