La ingeniera cubana Leydis Aguilera, nacida en Holguín y residente en Uruguay desde hace 16 años, asumió su banca como suplente en la Cámara de Representantes del Parlamento uruguayo, convertida en un símbolo de la diáspora cubana que encuentra en la democracia las oportunidades que el régimen de La Habana ha negado sistemáticamente a su pueblo.
Un brazalete violeta en su muñeca acompaña discretamente el discurso de Leydis Aguilera en su debut ante el Parlamento uruguayo. Vestida de blanco sobrio, con aretes colgantes en tonos rosa y amarillo, esta ingeniera afrodescendiente nacida en Holguín se ha convertido en la \»diputada cubana\» que hace historia en plena conmemoración del Día Internacional de la Mujer. Elegida en los comicios de 2024 como suplente del diputado Pablo Abdala, Aguilera ocupó su escaño sin que le tiemble la voz, ya con el acento uruguayo incorporado, refiriéndose al \»vos\» con naturalidad, plenamente integrada a la sociedad que la acogió sin que ello significara abandonar sus raíces ni a los miles de inmigrantes que, como ella, llegaron a Uruguay huyendo de la represión y la miseria.
Graduada de Ingeniería en Telecomunicaciones por la Universidad de Oriente, Aguilera no tenía ningún historial de liderazgo político en la isla, donde el castrismo monopoliza la vida pública y cualquier intento de participación cívica independiente es sistemáticamente reprimido. Su trayectoria contrasta dramáticamente con la realidad que dejó atrás: mientras en Cuba la dictadura mantiene un control absoluto sobre las instituciones y anula cualquier forma de representación ciudadana genuina, en Uruguay —un país de extensión territorial similar pero con menos de tres millones y medio de habitantes— Aguilera ha podido ejercer la participación democrática en toda su plenitud, accediendo a un espacio en la Cámara de Representantes que la ciudadanía uruguaya le confió.
\»Uruguay me regaló lo que Cuba me negó\»
\»Para mí, estar en el Parlamento acá en Uruguay, tener el orgullo y la responsabilidad de ocupar una banca en la Cámara de Representantes, ha sido algo que no soñé\», declaró Aguilera en entrevista exclusiva. \»Uruguay me regaló lo que Cuba me negó. En Uruguay conocí la libertad, pero la libertad en el sentido más amplio, extenso y palpable de la palabra. Nosotros sabemos que esto de la libertad es algo que en Cuba lo leemos en los libros, lo vemos en otros lados; es una palabra que a veces es abstracta y realmente, para empezar, Uruguay me demostró eso, me demostró que la libertad existe y que es posible\».
Aguilera es madre de un niño uruguayo de nueve años y ha construido en el país suramericano una vida que describe con profunda gratitud. Sin embargo, su compromiso trasciende lo personal: la comunidad migrante en Uruguay representa casi el 4% de la población, un porcentaje significativo compuesto mayoritariamente por personas que, según sus palabras, \»hemos venido arrastrando cadenas: huyendo del hambre, de la miseria, de la violencia, de la incertidumbre, y que encontramos en este hermoso país un lugar donde poder vivir sin miedo y reconstruir nuestras vidas y nuestras familias\». Ese relato coincide con el de cientos de miles de cubanos que han abandonado la isla en los últimos años ante el colapso económico, la escasez crónica de alimentos y medicamentos, la inflación galopante y la persistente persecución política contra cualquier manifestación de disidencia.
Un contraste que expone el fracaso del modelo cubano
La trayectoria de Aguilera pone en evidencia lo que el gobierno cubano ha intentado ocultar durante décadas: que el talento, la capacidad y el compromiso cívico de los ciudadanos de la isla prosperan cuando se desarrollan en un entorno de libertades, pero son sistemáticamente asfixiados bajo un sistema autoritario que no admite pluralismo ni control democrático. Uruguay y Cuba comparten similitudes geográficas y demográficas —ambos son territorios pequeños con poblaciones reducidas—, pero divergen radicalmente en su modelo político: uno es una democracia perfectible donde una inmigrante cubana puede llegar al Parlamento; el otro es una dictadura donde los ciudadanos no tienen posibilidad real de elegir a sus representantes ni de participar en la vida pública sin someterse a la ortodoxia del partido único.
El ascenso de Aguilera al Parlamento uruguayo no es solo una historia personal de superación: es un testimonio elocuente del costo humano que la dictadura cubana ha impuesto a su propio pueblo. Cada cubano que se ve obligado a emigrar para ejercer derechos básicos —trabajar con dignidad, expresarse libremente, participar políticamente— representa una pérdida para la nación y una condena al modelo que los expulsó. Mientras la diáspora cubana continúa creciendo y sus miembros se integran con éxito en sociedades democráticas de todo el continente, el régimen de La Habana se queda sin sus mejores ciudadanos, sosteniéndose únicamente mediante la represión, el control informativo y la promesa vacía de un futuro que nunca llega. Como afirmó la propia Aguilera: \»La libertad es el único sueño que la dictadura jamás va a poder matar\».