El director principal de la Iniciativa para el Hemisferio Occidental del America First Policy Institute (AFPI), Joshua Treviño, aseguró en una entrevista difundida por el Departamento de Estado que el régimen cubano tiene la capacidad de \»encender las luces mañana\» si decidiera relinquir parte de su control sobre el poder, mientras la isla atraviesa su sexto colapso total del Sistema Electroenergético Nacional (SEN) en lo que va de 2026.
Las declaraciones de Treviño, formuladas durante una entrevista emitida en el programa Fox & Friends Weekend, llegan en uno de los momentos más críticos para la estabilidad de la isla. El analista, quien no ocupa un cargo oficial dentro del Gobierno estadounidense pero es una voz influyente en los círculos conservadores alineados con la agenda de Donald Trump, respondió con contundencia cuando fue consultado sobre cuánto tiempo más podría sostenerse el régimen de La Habana frente al deterioro acelerado de las condiciones de vida en el país.
\»Es imposible saberlo. Y lo trágico es que no hay límite para la cantidad de sufrimiento que el régimen comunista cubano infligirá a su propio pueblo. Podrían encender las luces mañana si decidieran aflojar su control del poder\», afirmó Treviño, en un pasaje que resume con precisión la naturaleza del modelo político cubano: la subordinación absoluta del bienestar ciudadano a la permanencia en el poder de una élite que ha gobernado sin rendición de cuentas durante más de seis décadas.
Treviño, quien además se desempeña como asesor principal de la presidencia del AFPI y como especialista en las relaciones entre Estados Unidos y América Latina, vinculó directamente la crisis cubana con la captura de Nicolás Maduro ocurrida el 3 de enero en Caracas, cuando fuerzas estadounidenses ejecutaron una operación que condujo a la detención del mandatario venezolano y a la interrupción de una de las principales fuentes de suministro de petróleo para La Habana.
El vínculo Cuba-Venezuela y el costo en vidas cubanas
Durante la entrevista, el analista detalló la profundidad de la conexión entre ambos regímenes. \»¿Cuán conectadas están Cuba y Venezuela? Muy, muy conectadas. De hecho, vale la pena señalar que muchos de los efectivos de combate a los que se enfrentaron las fuerzas estadounidenses el 3 de enero en Caracas eran, en realidad, cubanos\», sostuvo Treviño, revelando un aspecto del operativo que había sido señalado pero no suficientemente dimensionado en el debate público.
\»La dictadura cubana fue la principal patrocinadora de la dictadura de Maduro. Por tanto, ambas están íntimamente ligadas\», agregó. La afirmación coincide con el reconocimiento oficial del gobierno cubano el 4 de enero, cuando las autoridades de la isla confirmaron que 32 miembros de las Fuerzas Armadas Revolucionarias y del Ministerio del Interior perdieron la vida durante la operación estadounidense. La Habana detalló que algunos de los fallecidos cayeron \»en combate directo contra los atacantes\», mientras que otros murieron durante los bombardeos contra las instalaciones donde se encontraban. La administración Trump presentó la acción como una operación conjunta para ejecutar las acusaciones penales que pesaban contra el dirigente chavista, mientras el régimen cubano la calificó de agresión militar y decretó duelo nacional por los militares muertos.
La presencia de personal militar y de inteligencia cubano en territorio venezolano no constituye una novedad. Durante años, analistas y organismos internacionales han documentado el papel de La Habana en el sostenimiento del aparato represivo y de seguridad del chavismo, desde el asesoramiento en técnicas de control social y vigilancia hasta la infiltración en estructuras castrenses venezolanas. La operación del 3 de enero puso de manifiesto el grado de involucramiento militar directo que la dictadura cubana había alcanzado en la defensa del régimen de Maduro, un compromiso que ahora se traduce en un costo humano tangible y en un aislamiento geopolítico creciente.
Colapso energético: la isla a oscuras por sexta vez en el año
Las declaraciones de Treviño cobran una relevancia particular en el contexto del nuevo colapso del Sistema Electroenergético Nacional, que se desconectó totalmente el pasado domingo por sexta vez durante 2026. El fallo del SEN, cuya infraestructura ha sido descrita por técnicos y especialistas como terminal, representa la materialización más visible de décadas de desinversión, mantenimiento diferido y gestión ineficiente del sector energético por parte del ejecutivo cubano.
La red volvió a colapsar este lunes durante el proceso de recuperación, menos de 24 horas después de la desconexión inicial, frustrando los intentos de las autoridades cubanas por formar microsistemas territoriales y reincorporar gradualmente unidades de generación y subestaciones. Según informaciones oficiales citadas por la agencia Reuters, las oscilaciones del sistema y las condiciones meteorológicas volvieron a interrumpir el proceso, evidenciando la fragilidad extrema de una infraestructura que opera al borde del colapso permanente.
Los apagones prolongados, que en numerosas zonas del país superan las 20 horas diarias, han agravado de manera dramática las dificultades para conservar alimentos, acceder al agua potable, utilizar el transporte público y soportar las altas temperaturas del verano caribeño. Durante el último colapso, residentes de La Habana acudieron al Malecón para dormir al aire libre y escapar del calor asfixiante dentro de sus viviendas, en una nueva muestra del impacto cotidiano de una crisis eléctrica que el gobierno cubano parece incapaz de resolver y que continúa sin una solución estable a la vista.
La crisis del combustible y el impacto de la caída de Maduro
La interrupción del flujo de petróleo venezolano, que durante años funcionó como un subsidio encubierto que permitió al régimen de La Habana mantener operativa parte de su economía, ha desnudado la dependencia estructural de la isla frente a suministros externos. Con la captura de Maduro y la paralización de los envíos desde Caracas, el gobierno cubano se ha visto obligado a buscar alternativas en un mercado internacional cada vez más restringido por las presiones de Washington, que han dificultado que otros países sustituyan los suministros venezolanos.
Las autoridades cubanas responsabilizan a las sanciones estadounidenses de la escasez de combustibles, la falta de financiamiento y la imposibilidad de adquirir piezas de repuesto para las termoeléctricas. Por su parte, Estados Unidos atribuye el deterioro a décadas de administración estatal ineficiente, ausencia de inversiones en infraestructura y la priorización del gasto militar y de seguridad sobre las necesidades básicas de la población. Ambas posiciones reflejan una disputa geopolítica en la que el costo recae íntegramente sobre los ciudadanos comunes.
Contexto: una crisis estructural sin precedentes
El colapso del SEN no es un evento aislado, sino la culminación de un proceso de deterioro sistemático que se ha acelerado en los últimos años. La infraestructura eléctrica cubana, construida en gran medida durante las décadas de 1970 y 1980 con tecnología soviética, ha superado ampliamente su vida útil. Las termoeléctricas que conforman el backbone del sistema operan con niveles de disponibilidad inferiores al 40%, según han reconocido los propios funcionarios del sector en reuniones técnicas transmitidas por la televisión nacional. La falta de mantenimiento preventivo, la ausencia de capitales para modernización y la fuga masiva de técnicos y especialistas —muchos de los cuales han emigrado— han convertido cada intento de estabilización en un ejercicio provisional.
La crisis energética se inscribe en un panorama más amplio de colapso multifactorial que afecta a la isla. La inflación descontrolada, estimada por economistas independientes en cifras de tres dígitos, ha erosionado el poder adquisitivo de los salarios estatales, que resultan insuficientes incluso para cubrir necesidades alimentarias básicas. El desabastecimiento crónico de productos de primera necesidad en los mercados estatales ha empujado a la población hacia el sector informal y el mercado negro, donde los precios superan ampliamente las posibilidades de la mayoría. El éxodo migratorio, que ha superado el millón de personas en los últimos años según datos de diferentes agencias internacionales, ha despoblado barrios enteros y ha privado al país de su fuerza laboral más productiva.
A esto se suma el endurecimiento del aparato represivo. Las detenciones arbitrarias, los juicios sumarios, el acoso a periodistas independientes y activistas, y la criminalización de la protesta social han generado un clima de intimidación que busca impedir cualquier expresión de descontento. La dictadura cubana ha perfeccionado mecanismos de control que combinan la represión directa con estrategias más sutiles de coacción económica, como la negación de empleo, la marginación social y el hostigamiento familiar. El resultado es una sociedad exhausta, sometida a una presión cotidiana que combina la privación material con la ausencia de libertades.
Las consecuencias de un modelo agotado
Las palabras de Treviño, aunque pronunciadas desde una perspectiva política específica y en el marco de un think tank alineado con la administración Trump, apuntan a una verdad incómoda que el régimen de La Habana se resiste a admitir: la crisis que atraviesa Cuba no es el producto exclusivo de factores externos, sino la consecuencia directa de un modelo económico y político que ha fracasado de manera verificable. La centralización absoluta de la toma de decisiones, la prohibición de la iniciativa privada en sectores estratégicos, el control estatal de la tierra y los medios de producción, y la subordinación de la economía a objetivos políticos han generado un sistema incapaz de satisfacer las necesidades más elementales de su población.
La afirmación de que el régimen podría \»encender las luces mañana\» si aflojara su control del poder sintetiza la paradoja cubana: la solución a la crisis existe, pero requiere una transformación política que la dirigencia de la isla rechaza de plano porque amenaza su propia existencia como clase gobernante. Mientras tanto, el sufrimiento de millones de cubanos continúa sin límite visible, sostenido únicamente por la determinación de un grupo en el poder de permanecer en él a cualquier costo.
El futuro inmediato de la isla se presenta sombrío. Sin perspectivas de reforma interna, con un suministro energético al borde del colapso permanente y con un aislamiento internacional creciente tras la caída de su principal aliado regional, el gobierno cubano enfrenta un escenario en el que cada día que pasa sin cambios profundos se traduce en un deterioro adicional de las condiciones de vida. La comunidad internacional, mientras tanto, observa con una mezcla de preocupación e inacción un proceso de descomposición que, como señala Treviño, podría revertirse si existiera la voluntad política de hacerlo. Esa voluntad, sin embargo, sigue siendo el recurso más escaso en La Habana.