El expelotero Pedro Arozarena Zayas, destacada figura de los Vaqueros de La Habana durante más de una década, falleció a los 54 años de edad. Su deceso, confirmado por medios deportivos independientes, pone de relieve no solo la pérdida de un atleta de gran rendimiento, sino también el abandono institucional que sufren numerosas glorias deportivas en la isla.
Natural del Mariel, en la actual provincia de Artemisa, Arozarena desarrolló toda su trayectoria en la Serie Nacional (1994-2007) bajo los colores del equipo capitalino. Como primera base y jardinero, acumuló 980 imparables en 3,315 veces al bate, dejando un promedio ofensivo de .296. Su potencia al bate se tradujo en 174 dobles, 13 triples y 129 jonrones, con 603 carreras impulsadas, consolidándolo como uno de los bateadores más productivos de su generación dentro del béisbol cubano.
Su mejor momento deportivo llegó a principios del milenio, conectando 19 cuadrangulares en 2002 y 20 en 2003, con tres campañas consecutivas superando las 70 carreras impulsadas. En la Serie Nacional número 40 fue colíder en dobles (28) junto al camagüeyano Leslie Anderson. Además, formó parte de la temida ofensiva habanera dirigida por Pedro Luis Rodríguez y Esteban Lombillo, compartiendo terreno con figuras como Rolando Laza y Rigoberto Blanco, y representando a Cuba en el Campeonato Mundial Juvenil de 1989 en Canadá.
El abandono de las glorias deportivas y el colapso sanitario
Aunque no se han divulgado oficialmente las causas de su muerte, se conoce que Arozarena padecía durante años serios problemas renales, llegando incluso a recibir el riñón de uno de sus hermanos en un intento por salvar su vida. Tras su retiro en 2007, el atleta fue marginado de la vida pública y olvidado por las autoridades de la isla. Esta dinámica refleja una crisis estructural más profunda: el deterioro del sistema de salud pública y la indiferencia del régimen de La Habana hacia aquellos atletas que dedicaron su vida a enaltecer el deporte nacional, pero que al dejar de ser útiles a la maquinaria propagandística son relegados al olvido y la precariedad.
El deceso de Arozarena ha generado un profundo pesar entre los aficionados al béisbol cubano, quienes recuerdan su legado a pesar de la desidia oficial. Su partida es un recordatorio de las difíciles condiciones en las que viven los exatletas en Cuba, atrapados entre la falta de oportunidades económicas y un sistema de salud colapsado. Mientras las estadísticas de Arozarena permanecen en los anales del béisbol, su triste final expone la incapacidad del gobierno cubano para garantizar una vejez digna a sus ciudadanos más ilustres.