La inseguridad alimentaria en Cuba ha alcanzado niveles críticos que obligan a la población a suprimir comidas fundamentales para sobrevivir. Un informe reciente revela que el 25% de los cubanos se ha ido a la cama con hambre en los últimos meses, evidenciando el colapso del modelo económico impuesto por el régimen de La Habana.
Según el estudio «En Cuba hay hambre (2024)», publicado por la organización Food Monitor Program (FMP), la situación de disponibilidad, acceso y consumo de alimentos en el país ha sufrido un deterioro alarmante. La encuesta de seguridad alimentaria detalla que un 29% de la población cubana se alimenta únicamente dos veces al día, mientras que un preocupante 4% logra ingerir alimentos solo en una ocasión diaria. Las provincias de Artemisa y la Isla de la Juventud encabezan los territorios con mayor incidencia de esta modalidad de subsistencia, seguidas muy de cerca por Mayabeque y Guantánamo.
El informe arroja datos estremecedores sobre la realidad cotidiana de los hogares cubanos. Ante la consulta directa sobre si la falta de recursos los ha obligado a dormir sin haber cenado, una cuarta parte de los encuestados respondió afirmativamente. Este indicador subraya que el salto de la cena se ha convertido en una estrategia de supervivencia generalizada frente a la escasez de víveres, una crisis que obliga a los ciudadanos a invertir entre 5 y 15 horas semanales tan solo en la búsqueda de productos básicos para alimentarse.
La calidad de la dieta también ha colapsado de manera significativa. El 60% de la población sufre un consumo precario, especialmente en lo referente a leguminosas, proteína animal y lácteos, alimentos esenciales para el desarrollo y la salud. Ante la imposibilidad de acceder a una nutrición adecuada, el 72% de los hogares encuestados admite haber tenido que recurrir a dietas alternativas no saludables, lo que augura una crisis de salud pública a corto y mediano plazo.
El asfixiante costo de la canasta básica
El impacto económico de esta crisis es igualmente devastador. Las autoridades de la isla han sido incapaces de articular políticas que protejan el poder adquisitivo de los ciudadanos. Como resultado, el 42% de los hogares cubanos debe destinar la totalidad de sus ingresos a la compra de comida. Aún más alarmante es el dato de que un 25% de las familias debe invertir hasta cinco veces el valor del salario mínimo estatal —fijado en 2.100 CUP— para poder cubrir sus necesidades alimentarias básicas, dejando en evidencia la total desconexión entre los salarios oficiales y el costo real de la vida.
La crisis alimentaria no opera de manera aislada, sino que se entrelaza con el colapso de la infraestructura básica del país. El 71% de los hogares reportó sufrir apagones durante los horarios pico de cocción, lo que impide preparar los escasos alimentos disponibles. A esto se suma la falta de acceso a agua potable, denunciada por el 50% de los encuestados, quienes enfrentan severas dificultades para el acopio y depósito del recurso vital, complicando aún más la ya de por sí precaria rutina diaria.
Responsabilidad estatal y rechazo a la libreta de abastecimiento
La percepción ciudadana sobre la responsabilidad de esta crisis es contundente. Un 64% de los entrevistados señaló directamente al gobierno cubano y a su deficiente administración estatal como los principales responsables de la escasez y el desabastecimiento. Un 26% identificó la corrupción institucionalizada como el factor agravante, mientras que solo un 8% atribuyó la situación al embargo estadounidense. Estos datos reflejan una pérdida de legitimidad del discurso oficial, que tradicionalmente ha externalizado la culpa de sus propios fracasos económicos.
El sistema de distribución estatal, otrora presentado como un logro indiscutible de la revolución, está completamente desprestigiado. El 89% de los hogares considera que la oferta estatal de alimentos es insuficiente en cuanto a variedad. La libreta de racionamiento, concebida para garantizar la igualdad y el acceso universal, es hoy un símbolo de la decadencia: el 97% de la población manifestó su total insatisfacción con los productos entregados a través de este mecanismo, criticando la falta de cantidad, la pésima calidad y la escasa frecuencia de las entregas.
Contexto: El fracaso del modelo agrícola y la crisis estructural
El hambre en Cuba no es un fenómeno coyuntural, sino la consecuencia directa de décadas de mal manejo, centralización extrema y la falta de incentivos para los productores. La dictadura cubana ha mantenido un control férreo sobre la tierra y los medios de producción, asfixiando la iniciativa privada y empobreciendo al sector agrícola, que pasó de ser un pilar exportador a depender de importaciones para alimentar a su propia población. La negativa del ejecutivo cubano a entregar la tierra en propiedad y a liberalizar los precios ha desincentivado la producción nacional, creando una dependencia crónica de importaciones que el Estado no puede sostener ante la falta de divisas.
Este desabastecimiento se profundizó tras la implementación de la llamada «Tarea Ordenamiento», una reforma monetaria que destruyó el poder adquisitivo de la moneda nacional y disparó una inflación galopante que afecta severamente a los productos básicos. La economía de la isla se encuentra en una espiral de retroceso donde la caída de la producción doméstica se combina con la incapacidad de importar, generando un escenario de pobreza extrema. La crisis energética, con apagones prolongados en diversas provincias, paraliza la cadena de frío y la industria procesadora de alimentos, desperdiciando parte de la escasa producción local.
Antecedentes de un colapso anunciado
Históricamente, el régimen de La Habana ha utilizado la comida como un instrumento de control político. La libreta de abastecimiento, instaurada en 1962, garantizó durante décadas un mínimo de subsistencia que permitía a la población sobrevivir bajo el yugo del control estatal. Sin embargo, tras la pérdida del subsidio soviético en los años 90, y más recientemente con la drástica reducción del apoyo de Venezuela, el Estado ha demostrado su absoluta ineficiencia para garantizar la seguridad alimentaria sin el respaldo de potencias extranjeras. El progresivo vaciamiento de la canasta básica familiar es el resultado directo de la caída de las importaciones y la inoperancia de la agricultura estatal.
La situación actual ha llevado a la población a un punto de quiebre. Como señala el informe de FMP, la crisis alimentaria no solo se ha profundizado, sino que permea todas las esferas de la vida cotidiana. El hambre afecta el desempeño laboral y estudiantil, deteriora las relaciones sociales y familiares, y mina la salud física y mental de la población. La desesperación por conseguir alimentos es uno de los motores principales del éxodo migratorio histórico que vive la isla, con cientos de miles de cubanos huyendo de un país donde trabajar una jornada completa ya no alcanza para comer tres veces al día.
Consecuencias y mirada al futuro
El panorama que dibuja el informe de Food Monitor Program exige una reflexión urgente sobre el futuro inmediato de la nación. La consolidación del hambre como realidad cotidiana amenaza con desencadenar una crisis de salud pública irreversible, con el aumento de enfermedades crónicas, anemia infantil y desnutrición en sectores vulnerables como los adultos mayores. La dictadura cubana sigue priorizando el gasto en el aparato represivo, el turismo y el sector militar, en detrimento de las necesidades básicas de sus ciudadanos, lo que constituye una clara violación de los derechos humanos fundamentales.
Ante este escenario, la comunidad internacional y las organizaciones de derechos humanos deben prestar atención a la crisis de inseguridad alimentaria no solo como un problema económico, sino como una consecuencia directa de las políticas del régimen de La Habana. La falta de libertades políticas y económicas es la raíz de la hambruna actual. Mientras no exista un cambio estructural que permita la libre empresa, la propiedad privada de la tierra y la eliminación del monopolio estatal sobre la distribución, el hambre seguirá siendo la trágica cotidianidad para millones de cubanos.



