El arzobispo de Santiago de Cuba, Monseñor Dionisio García Ibáñez, exhortó este domingo a quienes detentan el poder en la isla a estar dispuestos a \»cambiar lo que haya que cambiar\» priorizando el bienestar de la ciudadanía, en una homilía pronunciada en el Santuario de la Virgen de la Caridad del Cobre que refleja el agotamiento social y económico que atraviesa el país.
Durante la celebración del V Domingo de Cuaresma, el prelado dirigió un mensaje directo a las autoridades de la isla, instándolas a buscar la sabiduría para obrar en beneficio de la población. \»El bien del pueblo va por encima de cualquier otra cosa y consideración\», subrayó García Ibáñez, quien también elevó una plegaria para que se restituyan la vida y la esperanza en una nación sumida en la desesperanza. El llamado de la Iglesia católica se produce en un momento de aguda tensión social y deterioro acelerado de las condiciones de vida.
Una voz crítica frente a la represión y el colapso
García Ibáñez no es un desconocido en la denuncia de la realidad nacional. Su trayectoria al frente de la arquidiócesis santiaguera y su paso por la presidencia de la Conferencia de Obispos Católicos de Cuba le han conferido una plataforma desde la cual ha abordado los grandes dramas de la isla. En julio de 2022, un año después de las históricas protestas del 11 de julio de 2021, el arzobispo exigió la revisión de las condenas impuestas a los manifestantes encarcelados por la dictadura cubana. En aquella ocasión, abogó por la libertad de quienes solo quisieron expresar su opinión y rechazó frontalmente la violencia y la intolerancia institucionalizada como métodos para dirimir las diferencias.
El mensaje de este domingo se enmarca en una crisis estructural que el régimen de La Habana se ha negado sistemáticamente a reconocer. El colapso de los servicios públicos, la inflación galopante, el desabastecimiento crónico y la falta de libertades fundamentales han provocado un éxodo migratorio sin precedentes. En diciembre de 2022, el propio arzobispo ya había alertado sobre este fenómeno, pidiendo oraciones por las familias fracturadas y por un futuro en el que los cubanos no se vieran obligados a abandonar su patria para sobrevivir. La insistencia eclesiástica en la necesidad de reformas profundas contrasta con la intransigencia del ejecutivo cubano, que ha optado por el endurecimiento represivo frente a las demandas ciudadanas.
La súplica de la jerarquía católica para que el poder político \»se llene de la sabiduría de Dios\» y modifique su rumbo choca con la realidad de un sistema que ha perpetuado su control a través de la vigilancia, el miedo y la criminalización de la disidencia. Las implicaciones de este nuevo llamado pastoral recaen sobre una ciudadanía exhausta que aguarda respuestas reales frente a la inoperancia gubernamental. Mientras la comunidad internacional observa la deriva de la isla, las palabras desde El Cobre reavivan el debate sobre la urgencia de una apertura democrática que devuelva la dignidad y la esperanza a un pueblo que sigue resistiendo.