Domingo, 27 de septiembre de 2026
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La infancia cubana rinde tributo al colapso energético: durmiendo en portales para sobrevivir al calor

La infancia cubana rinde tributo al colapso energético: durmiendo en portales para sobrevivir al calor

La profunda crisis estructural que sufre la isla ha encontrado su rostro más desgarrador en las noches habaneras, donde decenas de familias se ven obligadas a sacar a sus hijos a dormir en portales y aceras para escapar del calor asfixiante provocado por los interminables apagones. Mientras el régimen de La Habana maquilla sus cifras y exige resignación, la base de la sociedad colapsa bajo el peso de un sistema energético obsoleto y una infraestructura sanitaria en ruinas.

Las madrugadas en la capital cubana ofrecen un panorama desolador que evidencia el grado de fracaso institucional alcanzado por el modelo impuesto en la isla. En intersecciones céntricas como Prado y Virtudes, la realidad supera a la ficción: adultos y niños yacen sobre el suelo, intentando conciliar el sueño a la intemperie. Esta no es una escena de camping ni una elección recreativa, sino la consecuencia directa de un déficit eléctrico que mantiene las viviendas convertidas en hornos inhabilitables. La urgencia por encontrar una brisa fresca empuja a las familias a abandonar la seguridad de sus hogares, exponiéndose a riesgos que van mucho más allá de la incomodidad.

El entorno en el que estas familias buscan refugio agrava aún más la tragedia. En los alrededores de estos improvisados dormitorios urbanos es común encontrar acumulaciones de basura y aguas albañales, producto del colapso del sistema de saneamiento. La dictadura ha desmantelado durante décadas la infraestructura básica del país, y ahora los ciudadanos deben elegir entre morir de calor en una habitación sellada o exponerse a focos de infección y enfermedades transmitidas por vectores en las calles. Es una elección entre dos formas de miseria impuestas por la ineficiencia estatal, donde la salud pública queda a merced del azar.

Lo ocurrido en el céntrico habanero no es un hecho aislado, sino el síntoma de una epidemia nacional que se replica en patios, balcones y pasillos de toda la isla. La infancia cubana se ha convertido en la principal víctima visible de esta crisis energética. Son niños que ya no duermen en camas, sino sobre sábanas tendidas en el piso buscando el frescor del mármol o la losa. Son padres que pasan la noche en vela, espantando mosquitos con las manos, y madres que enfrentan la impotencia de ver a sus hijos exhaustos, deshidratados y sin acceso a agua corriente, un servicio que también depende del bombeo eléctrico y que escasea por igual en la geografía nacional.

El desgaste emocional ha llevado a muchos ciudadanos a alzar la voz en redes sociales, rompiendo el muro de silencio que el gobierno cubano intenta imponer a través del control de los medios. Un caso emblemático es el del creador de contenido Alfredito Fominaya, quien documentó a las altas horas de la madrugada la penosa situación de sus hijos, acostados en el suelo. Su desesperado cuestionamiento, «¿Por qué yo tengo que resistir?», es un tiro de gracia al discurso oficial que romanticiza el sufrimiento. Fominaya verbalizó el dolor de miles al lamentar el tipo de verano que están ofreciendo a sus hijos, marcado por el calor, los insectos y la imposibilidad de explicarles a menores inocentes por qué deben vivir de esa manera.

La narrativa de la «resistencia» promovida desde las altas esferas del poder choca frontalmente con la necesidad básica de vivir con dignidad. El régimen de La Habana insiste en pedir sacrificios a una población que ya no tiene nada más que ceder, mientras la cúpula militar y política disfruta de generadores, aire acondicionado y comodidades inaccesibles para el ciudadano común. Lo que la población necesita no es aguantar más, como bien señalaron los testimonios, sino un cambio estructural que garantice el derecho fundamental a la salud, al descanso y a un entorno habitable. La resiliencia se ha convertido en un eufemismo para justificar el abuso sistemático.

El cinismo con el que los cubanos asimilan su tragedia quedó reflejado en la publicación de Dayana García, quien compartió una imagen de sus pequeños durmiendo en el suelo con la amarga frase de que tienen «el récord Guinness en aguantar». Esta queja, replicada por miles en grupos de redes sociales dedicados a monitorear el servicio eléctrico, demuestra que la paciencia social está en su límite. Las imágenes de niños rodeados de mosquiteros improvisados y ventiladores recargables —cuando hay suerte de tenerlos— dibujan el retrato perfecto de un país estancado en el tiempo y en el subdesarrollo más cruel.

La indignación también está comenzando a tomar un cariz de protesta ciudadana. Renato Miguel García Granado mostró a su hija tendida en el suelo de su casa buscando alivio durante un apagón, y no se limitó a la queja pasiva. En un mensaje directo, advirtió que continuaría denunciando a la Empresa Eléctrica y al gobierno cubano por el daño infligido a su familia. Su declaración de intención de salir a la calle a exigir lo que les corresponde como seres humanos traslada el problema del ámbito doméstico al espacio público, desafiando el miedo a la represión que caracteriza a la dictadura.

Estos testimonios, aunque diversos en sus escenarios, convergen en una misma denuncia: el déficit eléctrico, que las autoridades miden fríamente en megawatts, se traduce en las casas en vidas rotas. Los apagones prolongados no son solo un inconveniente técnico, sino un atentado contra la salud pública y la estabilidad psicológica de la población. Alteran el ciclo del sueño, provocan la pérdida de alimentos en neveras que dejan de funcionar, y obligan a normalizar condiciones de higiene deplorables que ningún ser humano, y mucho menos un niño, debería experimentar en el siglo XXI.

El colapso energético: resultado de décadas de ineficiencia

La crisis que hoy obliga a los niños cubanos a dormir en la calle no es producto de un fenómeno meteorológico o de un embargo externo, como gusta repetir la propaganda oficial, sino el resultado directo de la ineficiencia y falta de visión del régimen. El sistema electroenergético nacional está sostenido por termoeléctricas construidas hace más de medio siglo, que operan muy por debajo de su capacidad debido a la falta de mantenimiento, la obsolescencia de sus tecnologías y la corrupción en la asignación de recursos para su reparación. La falta de piezas de repuesto y la fuga de técnicos cualificados hacia otros sectores más rentables han dejado a la red eléctrica al borde del colapso total.

Durante años, el gobierno cubano desvió fondos hacia sectores turísticos y de control social, descuidando la infraestructura básica del país. La dependencia de combustibles importados, a precios que la economía centralizada no puede sostener, ha agravado el déficit. Mientras naciones de la región avanzan hacia la transición energética y la modernización de sus redes, Cuba se hunde en un apagón permanente, donde la falta de inversión en energías renovables y la negativa a permitir la libre empresa para generar soluciones demuestran que el problema es eminentemente político y de gestión dictatorial.

Una generación marcada por la oscuridad

El futuro de Cuba se está forjando en la oscuridad de estos apagones. Una generación crece creyendo que dormir en el suelo, en medio de la basura y el calor, es lo normal. El régimen de La Habana no solo está destruyendo la infraestructura física de la nación, sino que está lacerando el desarrollo cognitivo y físico de sus ciudadanos más jóvenes. El estrés térmico, la deshidratación y la falta de sueño afectan directamente el rendimiento escolar y el desarrollo neurológico infantil. Mientras la cúpula del poder permanezca impermeable a la tragedia cotidiana, la verdadera resistencia del pueblo cubano no radicará en aguantar más, sino en la inevitable toma de conciencia de que el sistema actual es insostenible e incompatible con la vida digna.

La imagen de un niño durmiendo en un portal habanero no es solo una anécdota de una noche de verano; es el certificado de defunción de un modelo que ha fracasado en proveer lo más mínimo. La dictadura ha perdido la capacidad de garantizar la supervivencia básica, y la sociedad civil, a través de la denuncia en redes y la protesta individual, está redactando el acta de acusación. La pregunta de Fominaya resuena en cada calle oscura de la isla: ¿por qué tener que resistir? La respuesta, que cada vez más cubanos se atreven a susurrar, es que no hay razón para seguir soportando un poder que se sostiene sobre el sufrimiento de los más vulnerables.

Equipo Editorial Reporte Cuba Ya
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