La superiora de las Misioneras de Jesús Verbo y Víctima (JVV) en Cuba ha confirmado a medios internacionales la extrema dificultad de la vida cotidiana bajo la ideología comunista imperante en la isla. En la parroquia de Guasimal, perteneciente a la diócesis de Santa Clara, estas religiosas asumen el liderazgo pastoral en una zona marcada por la pobreza extrema y el abandono institucional, donde la presencia de sacerdotes se reduce a una vez al mes.
Ayelen She, quien dirige la congregación en el territorio nacional, aseguró a la agencia Independent Catholic News (ICN) que han experimentado de primera mano lo dura que resulta la existencia en una nación sometida a este sistema de ideas. No obstante, la religiosa resaltó la nobleza y generosidad de la población local, un contraste evidente frente al deterioro social y económico impulsado por las políticas del Estado. La misión de estas mujeres, reconocibles por su hábito azul, consiste en mantener viva la actividad eclesial diaria, ofreciendo catequesis y asistencia espiritual a una comunidad que padece el desabastecimiento y la falta de expectativas.
El colapso social y la profunda crisis de valores han impactado también el entorno del templo. El obispo de Santa Clara, Marcelo Arturo González Amador, ha solicitado a la organización Ayuda a la Iglesia Necesitada (ACN) fondos para construir un cerco perimetral en la entrada de la iglesia. La medida responde a episodios de conducta antisocial protagonizados por jóvenes que, en un reflejo de la marginación y la desesperación, han intimidado a los feligreses e intentado bloquear el acceso al recinto sagrado. Para las autoridades eclesiásticas, estas actitudes ofenden a la comunidad y evidencian el deterioro del tejido social bajo el régimen de La Habana.
Abandono estatal y resistencia espiritual en el interior de la isla
La presencia de las Misioneras de JVV en Guasimal data de 2015, cuando se establecieron en un área calificada como extremadamente pobre. La estadística es elocuente: hay más de 27.000 fieles católicos por cada sacerdote disponible, una brecha que obliga a las religiosas a \»sostener el fuerte\» en la pastoral diaria. Este escenario no es ajeno a las políticas restrictivas que el gobierno cubano ha mantenido históricamente hacia la Iglesia, limitando el acceso a medios, la construcción de templos y la movilidad del clero, lo que agrava el aislamiento de las comunidades rurales.
El testimonio de estas misioneras y el respaldo del obispo González Amador —quien calificó a las hermanas como un \»regalo de Dios\» por su vida sobria y entrega en los lugares más enrevesados— ponen de relieve el papel de la Iglesia como refugio ante el fracaso del modelo totalitario. Mientras la dictadura cubana persiste en su control sobre la sociedad y profundiza la crisis estructural que orilla a la juventud a la violencia o al exodo, la labor silenciosa de estas congregaciones se convierte en uno de los pocos vestigios de esperanza y cohesión social para los ciudadanos más vulnerables.