La sede diplomática de Estados Unidos en Cuba emitió una alerta sanitaria tras el aumento de casos de hepatitis A en La Habana, una crisis directamente vinculada al deterioro del abastecimiento de agua y la deficiente recolección de basura en la capital.
A través de un comunicado oficial, la Embajada estadounidense advirtió a sus ciudadanos sobre el riesgo de contagio de esta enfermedad viral que afecta el hígado y se transmite principalmente a través de agua y alimentos contaminados. La representación diplomática señaló que el peligro es especialmente alto en las zonas de la capital donde el régimen de La Habana ha permitido el deterioro de la infraestructura, evidenciado en el suministro inadecuado de agua potable, la acumulación de desechos sólidos y la proliferación de vectores como las moscas. Ante este escenario, la Embajada instó a los viajeros a consultar los protocolos de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC), considerar la vacunación y verificar con sus aseguradoras las opciones de evacuación médica.
El reconocimiento de la crisis no provino únicamente de la diplomacia extranjera. El doctor Francisco Durán, director nacional de Higiene y Epidemiología del gobierno cubano, admitió la existencia de brotes del virus en el territorio nacional. Ante la incapacidad del Estado para garantizar condiciones sanitarias mínimas, el directivo se limitó a recomendar a la población medidas individuales de supervivencia, como hervir el agua, utilizar pastillas de cloro y lavar meticulosamente los vegetales. Esta alerta se suma a otra emitida el día anterior por la Embajada de EE.UU. ante el repunte de dengue, chikungunya y fiebre de Oropouche, agravando el ya complejo panorama epidemiológico de la nación.
El reflejo de una crisis estructural
El brote de hepatitis A no es un hecho aislado, sino la consecuencia directa de la profunda crisis sistémica que atraviesa la isla. El colapso de los servicios públicos, la ineficiencia en la gestión de recursos hídricos y la falta de mantenimiento de las redes de alcantarillado son síntomas de la incapacidad para planificar y administrar los recursos bajo el control no democrático de la dictadura cubana. Mientras las autoridades de la isla exigen a la ciudadanía resolver por cuenta propia la potabilización del agua y el manejo de los desechos, la infraestructura sanitaria continúa deteriorándose, empujando a más cubanos hacia la pobreza extrema y alimentando el masivo éxodo migratorio.
El impacto de estas crisis sanitarias recae de manera desproporcionada sobre la ciudadanía común, que carece de acceso a medicamentos básicos y atención médica adecuada. Las precauciones dictadas a los ciudadanos estadounidenses —como asegurar evacuaciones médicas internacionales— subrayan la gravedad de la situación y representan un privilegio inalcanzable para los residentes locales. A largo plazo, la persistencia de estos brotes epidemiológicos amenaza con diezmar aún más la ya mermada calidad de vida en el país, evidenciando ante la comunidad internacional la negligencia estructural del ejecutivo cubano frente al bienestar fundamental de su población.