El XXVI Congreso Nacional de Historia se celebró en la sede del Partido Comunista de Puerto Padre bajo un estricto dispositivo policial que bloqueó el acceso a los ciudadanos. Mientras las autoridades de la isla garantizaban electricidad para el evento, la localidad enfrenta una aguda crisis de abastecimiento, con la falta de pan y azúcar en las bodegas estatales, evidenciando la profunda desconexión entre la oficialidad y la realidad social.
El desarrollo del cónclave, que inició en la capital provincial con una visita al poblado de Bartlett —hoy sumido en el abandono, la insalubridad y el riesgo de epidemias—, contó con la presencia de patrullas, motocicletas y agentes a pie para restringir el paso. La celebración de un evento académico bajo un cerco policial refleja el carácter autoritario de la dictadura cubana, que prioriza la seguridad y la imagen de sus funcionarios sobre el libre tránsito de la ciudadanía y las necesidades básicas de la población.
La paradoja del evento quedó evidenciada en el servicio eléctrico. Tras sufrir un apagón ininterrumpido de 24 horas el domingo, los residentes de Puerto Padre tuvieron luz durante el lunes y martes, coincidiendo exactamente con los preparativos y la celebración del congreso. Paralelamente, la población enfrenta casi una semana sin acceso al pan de la canasta básica. Las panaderías estatales han paralizado su producción no por falta de harina, sino de azúcar, dejando a las familias más vulnerables sin opciones, dado el precio de 120 pesos que exige el sector privado para una pieza de pan.
El colapso azucarero y el contraste histórico
La escasez de azúcar, insumo básico para la elaboración del pan racionado, es un síntoma del desplome productivo que sufre el país. El Central \»Antonio Guiteras\», conocido antaño como Delicias y catalogado en 1952 como el mayor productor de azúcar de caña del mundo, no ha logrado cubrir ni siquiera la demanda del racionamiento estatal en la actual zafra 2024-2025. Este fracaso agrícola e industrial subraya la incapacidad del gobierno cubano para sostener la economía nacional y garantizar la soberanía alimentaria, arrastrando al país hacia una pobreza extrema.
El contraste entre la narrativa oficial y la realidad cotidiana se hizo evidente incluso en el cementerio municipal. Mientras los historiadores del Estado sesionaban en la sede partidista, en el panteón del comandante Paco Cabrera se reproducía la misma dinámica de poder y egolatría que ha marcado más de seis décadas de régimen. Un vehículo de la Asociación de Combatientes de la Revolución Cubana llegó al lugar sin ofrendas florales, y uno de sus ocupantes se jactaba en voz alta de haber \»puesto la mano en el hombro a Fidel\», reduciendo el homenaje a un acto de vanidad personal frente a la miseria que rodea al país.
Esta escena encapsula la crisis estructural y moral que atraviesa la isla: una dirigencia anclada en el pasado y ensimismada, rodeada de seguridad estatal, mientras la población lidia con el colapso de los servicios básicos. Las políticas del régimen de La Habana no solo han destruido la infraestructura económica de la nación, sino que han generado una profunda desconexión entre la clase en el poder y el sufrimiento real de los cubanos, augurando un escenario de mayor inestabilidad social si no se revierte el fracaso del modelo impuesto.